Críticas de Películas


'Sleepy Hollow', fotogramas reconocibles

Tim Burton ironiza, parodia y entretiene con el jinete de la cabeza cortada




Autor: Carles Matamoros
Desde los tiempos de la extraordinaria Eduardo Manostijeras, a Tim Burton se le ha ido recriminando su descuido de lo narrativo en pos de lo visual. «Las deslumbrantes formas -dicen los que no conectan con su peculiar universo- esconden un absoluto vacío». Pero lo cierto es que, más allá de la escasa influencia de estas (parcialmente acertadas) aseveraciones críticas, Burton ha seguido su camino sin apenas tropiezos artísticos, gozando, además, del aprecio de un público que llena las salas en las que se proyectan sus películas.
Éste último hecho es, a mi modo de ver, más relevante de lo que podría aparentar. Porque, se quiera o no, estamos ante un cineasta personal que ha conseguido integrarse en la industria de Hollywood sin tener que renunciar a sus (perturbadoras) obsesiones.
Si bien con el tan innecesario como entretenido remake de El planeta de los simios, el director americano erró al mostrar su cara más impersonal y lucrativa (algo que muchos aún no le han perdonado), sus credenciales artísticas (y comerciales) siguen hoy intactas gracias a tres nuevos trabajos personales (a falta de ver Sweeney Todd) que, sin ser extraordinarios, recuperan la esencia del director e incorporan nuevos matices (sobre todo en la muy compleja Big Fish). Tres filmes que nos vienen a confirmar a un cineasta tan excéntrico como romántico, a un tipo obsesionado con la muerte, el amor y los sueños.
El gusto del público por la obra de este director fronterizo, que oscila entre lo mainstream, lo posmoderno, lo fantástico y lo autoral, se explica en parte gracias a la focalización de casi todas sus películas en la figura de un héroe marginal e individualista con el que es fácil identificarse.
Este personaje, interpretado en numerosas ocasiones por Johnny Depp, lucha por la normalidad ante la incomprensión de su entorno y consigue que su mirada se convierta en la de un espectador que comprende y acepta sus (generalmente loables) preocupaciones. En el caso de Ichabot Crane, el protagonista de Sleepy Hollow, nos encontramos ante un investigador avanzado a su época que, como tantos otros a lo largo de la historia (aunque él sea un personaje ficticio surgido de la pluma de Washington Irving), no es aceptado por sus coetáneos, unos ciudadanos neoyorquinos que aseguran, entre otras boutades, que si un cadáver es hallado en el río sólo puede haber muerto ahogado (sic).
Visto el panorama, el bueno de Crane protesta, pero lo único que consigue es ser enviado a un pueblo remoto llamado Sleepy Hollow donde un jinete fantasmal se dedica a cortar cabezas. Tal planteamiento le viene de perlas a Burton quien nuevamente consigue llevarse a su propio terreno una historia escrita por otro. Algo que ya ocurría en Ed Wood, Batman Vuelve o Mars Attacks! y que demuestra el tino del director en la elección de sus proyectos. Porque tanto el personaje de Crane como, en cierto modo, el del jinete sin cabeza son plenamente burtonianos en tanto que, además de ser incomprendidos por su(s) entorno(s), resultan extravagantes, oscuros, nobles e imaginativos.
Esto le facilita al cineasta la posibilidad de incorporar elementos personales a un cuento ajeno que, sin la intervención de Burton, apenas tendría interés cinematográfico. Entre los aspectos más logrados se encuentra, sin duda, el sentido del humor. La sola recreación de Johnny Depp -a base de muecas faciales y con un acento muy cuidado- es ya de por sí un tanto cómica, pero son los calculados gags visuales (y macabros) los que convierten Sleepy Hollow en un auténtico divertimento donde, con ironía y sin caer en la parodia, la aventura y la magia ganan al terror.
Al fin y al cabo, bromas como la de las gotas de sangre salpicadas en las gafas de Crane, la de la cabeza cortada que se frena entre las piernas del protagonista o la del cráneo que el jinete intercepta como si de un balón se tratase dan buena cuenta tanto de los intereses del realizadoramericano (dispuesto a incorporar lo absurdo de la muerte dentro de la realidad cotidiana) como de las referencias específicas tomadas para Sleepy Hollow, básicamente, referidas al mejor cine de la Hammer.
A esta preferencia burtoniana por descubrir la belleza y el humor que hay tras lo macabro se le suma también el interés del director por la infancia y los sueños. De este modo, el protagonista de Sleepy Hollow es un tipo marcado por un terrible recuerdo infantil que ha condicionado para siempre su carácter y sus ideas. Ateo y científico, Crane luchará en Sleepy Hollow contra sus propias convicciones que se verán superadas por la fantasía. Sus obsesiones, que Burton nos irá desvelando mediante luminosos flashbacks (tan oníricos, bellos y atroces como las imágenes del pueblo de Eduardo Manostijeras), no le impedirán, sin embargo, adaptarse a una nueva situación con la que, en cierto modo, recuperará la fe perdida. Una fe que nada tendrá que ver con la religiosidad de su estricto padre y que nacerá gracias al amor de Katrina (Christina Ricci), la mujer que salvará su vida física (el libro de conjuros que le protege de un disparo) y espiritualmente (ese happy end de colores vivos en Nueva York).
Antes de completar su viaje hacia la madurez, Crane tendrá que resolver primero un complejo crimen que implicará tanto a una hechicera como a los altos cargos de Sleepy Hollow. Un perfecto mcguffin al que Burton da quizás demasiada importancia con diálogos explicativos e intentando ligar todos los cabos de la historia. Al fin y al cabo, a nadie le interesa si el asesino es Van Garrett, Van Tassel o Van Gaal. Porque lo que ofrece Burton es una ágil y gozosa aventura que se disfruta sin necesidad de tomársela en serio.
Empero, la huella del director americano sigue presente. Un rastro que va más allá de los tics visuales, de la enésima melodía de Danny Elfmann o del extraordinario diseño de producción de colores apagados. Y que se manifiesta en la deslumbrante capacidad que Burton tiene de crear fotogramas reconocibles, imágenes como la del rostro de Christopher Walken en la nieve que perduran en el inconsciente del espectador y que sólo se pueden asociar a su universo. Un lugar rico que en nada se parece al de la mayoría de producciones comerciales, cada vez más clónicas e irrelevantes en lo visual.



















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