Críticas de Películas


Recuerdos de antaño

'Las horas del verano' es una bella reflexión sobre el paso del tiempo y sobre aquello que permanece




Autor: Jordi Ardid
El ya veterano Olivier Assayas nos regala esta espléndida reflexión sobre la memoria y el recuerdo, mediante una historia mínima en la que el duelo por los seres perdidos se plantea bajo los parámetros del mejor cine de autor.
Dejando de lado lo que significa exactamente "cine de autor" (lo que daría para más de un artículo), Assayas deslumbra con una puesta en escena en la que deja que los personajes fluyan, que se hagan carne y alma frente a nuestros ojos, sin caer en el diletantismo vacuo en que se puede caer al filmar un sentimiento, una pasión o una emoción humana. Porque Las horas del verano es ante todo un ejemplo de la capacidad del cine (y del arte en general) para indagar en los recovecos de aquello que nos conforma y aquello que recordamos frente a nuestra finitud.
Memoria vivida y memoria evocada, el film es capaz de plantear aspectos tan correosos como la utilidad del arte, emparentándolo con el poder de las ausencias y de los secretos, la capacidad que tiene la memoria para encauzar y distorsionar el papel de los padres en la vida de los hijos, o plantear el porqué del amor y la pasión escondida. Y todo ello lo hace bajo la premisa de una historia explicada con la cotidianidad de lo experimentado, dando pie a la necesidad del objeto y su capacidad emotiva.
En Las horas del verano no encontraremos conflictos ni clímax dramáticos que reiteren lo dicho. No hace falta. Sólo un gesto, un beso, un lloro filmado con pulso sostenido son suficientes para plasmar todo aquello que no se narra, toda acción que, si la viéramos en pantalla, desdeñaríamos por evidente.
Imágenes. El cine son imágenes en movimiento. La simpleza de una frase es a veces necesaria para explicar lo evidente. Como evidente es aquel jarrón con flores vivas en el salón donde se tasa el duelo, ese objeto que permanece tras nuestra muerte. Sólo con una imagen como esa Assayas es capaz de definir la tristeza por lo perdido, la querencia por aquél que ya no existe. Y sólo con una imagen, el director retrata la herencia que se transmite, la de la anciana a la nieta, la de la muerte a la vida, con los dos jóvenes corriendo campo a través al concluir el film. Esas son las imágenes imprescindibles, las que definen mundos tras la elipsis; y esas imágenes (las que se muestran y las que no) conforman la narración y la evocan.
Pero el film no acaba allí su recorrido, y se atreve con temas de más enjundia (si cabe), como el papel del arte en las sociedades contemporáneas, o la diferencia, en ocasiones abismal, entre valor histórico y valor sentimental, entre el objeto como motivo de disputa o de recuerdo, entre la belleza per se y la utilidad de lo palpado, de aquel instrumento empírico que, a su vez, nos retrorae a una persona querida, a un sentimiento o a una dicha.
De ahí que la cinta de Assayas sea inabarcable por su capacidad de tratar los temas como un todo, porque esos temas son en el fondo los que nos definen, los que nos hacen carne y alma como los personajes que nos hablan desde la pantalla.



















9











