Críticas de Películas


'Pero, ¿quién mató a Harry?', un Hitchcock en Vistavision

El film es un preámbulo de la experiencia televisiva del director




Autor: Christian Aguilera
Un conspicuo adaptador de textos teatrales y literarios como Sidney Lumet manifestaría que las grandes novelas son tremendamente difíciles de llevar a la gran pantalla porque se produce una «desnaturalización» de las mismas. En cambio, el veterano cineasta argumenta que los relatos de Agatha Christie y demás escritores de su cuerda narrativa son ideales para trasladar al cine porque la esencia de sus obras se fundamenta en el plot.
Alfred Hitchcock a buen seguro suscribiría las palabras de Lumet que hacen referencia a esta «regla de oro» no escrita, buscando en relatos breves, pequeñas historias o novelas que no cotizaban al alza en los ránkings de la crítica literaria, el material idóneo para adecuarlo al ámbito del celuloide.
Los relatos escritos por John Trevor Story para publicaciones como 'Magpie' o 'Argosy' hubieran servido a los intereses de Hitchcock en su denodada búsqueda de historias con un punto de originalidad que pasaban por el filtro crítico de Alma Reville antes de ser consensuados para su hipotética adaptación al cine.
Sin embargo, la historia de Trevor Story que reclamaría la atención del cineasta británico sería The Trouble with Harry, la primera de sus novelas escrita en 1949. Material que podría evaluarse, a priori, fuera de su radio de acción pero que perseguía una ruptura de tono y de género en relación a una cosecha de producciones que, casi de forma ininterrumpida desde Matrimonio original (1941), le habían vinculado al campo del suspense o el thriller.
Un esbozo de 'Alfred Hitchcock presenta...'
Probablemente Pero, ¿quién mató a Harry? -traducción libre que apela más a los whodonit estilo Christie que a la naturaleza del original de Trevor Story- no sea una producción relevante en el conjunto de la obra fílmica de Hitchcock, pero sí en función de su actividad en paralelo en el audiovisual que desarrollaría a partir de mediados los años cincuenta hasta alcanzar la primera mitad de la siguiente década.
Hitchcock se sentía «prisionero» de ese sello distintivo que él mismo había creado y había ido limando sus aristas en su etapa americana, debiendo dosificar el sentido del humor negro que sí había tenido un mayor predicamento en su etapa inglesa. Por consiguiente, el medio televisivo le abría ciertas expectativas para organizar sus shows con una puerta de entrada y una de salida donde se pudiera leer el rótulo «humor».
Asimismo, en los guiones de buena parte de los capítulos de Alfred hitchcock presenta y La hora de Alfred Hitchcock se registraban escenas de puro delirio cómico, a menudo de raíz surrealista pero en la mayoría de las veces depositarios de un humor negro que había encontrado un buen campo de pruebas en Pero, ¿quién mató a Harry?
Sin duda, The Trouble with Harry hubiera podido ser uno de los capítulos one hour de la serie Alfred Hitchcock presenta, pero el guión de John Michael Hayes -en su primera colaboración con el maestro inglés- supo extraer el máximo partido del relato de Trevor Story, situándolo en una duración cinematográfica estandar en el que tienen cabida un (mínimo) desarrollo en torno a un cuarteto de personajes y otros tantos que funcionan de forma episódica en el desarrollo del mismo.
El formato Vistavision -el que solía utilizar Hitchcock en aquella década- y el empleo del color por parte de Robert Bruks -de cariz «pictórico», inundando de tonos pardos un paisaje típicamente otoñal- favorecen a pensar que The Trouble with Harry se ubica fuera del concepto televisivo, aunque en su esencia, el que atañe al plot, hubiera tenido todos los predicamentos para sumarse a esa relación de historias destinadas para la pequeña pantalla.
Los otros factores -no menos importantes- que hacen de Pero, ¿quién mató a Harry? una función para ser degustada en la oscuridad de una sala cinematográfica es lo selectivo de un reparto que,observados en una gran pantalla,nos ayuda a recrearnos en el detalle de sus interpretaciones tocadas por el valor de la sutileza -por ejemplo, las expresiones corporales y gestuales reveladoras de Miss Ivy Gravely (Mildred Natwick) cuando coquetea con el capitán Albert Wiles (Edmund Gwenn)-, en la que no es difícil adivinar que Billy Wilder tomó buena nota de la visión del film para que la debutante Shirley «la dulce» MacLaine fuera, a un lustro vista, la Fran Kubelik de El apartamento (1960).
Pero, al margen de contar con un equipo artístico espléndido -incluido Jerry Marthers/Arnie Rogers, sumándose a la galería de niños un punto repelentes y/o resabiados de la obra del orondo cineasta-, Hitchcock tuvo a su disposición por primera vez a Bernard Herrmann, quien concibió un score que trabaja en el sentido de modular el tono de un relato que se mueve por las coordenadas del humor negro; un ejercicio de «funambulismo» del que muy pocos hubieran salido airosos, llegando al otro extemo sin ninguna pérdida de la que lamentarse.
Un balance positivo que asimismo lo sería en el terreno económico merced a que con los años los paladares acostumbrados al arte de Hitchcock han sabido degustar este delicatessen que operaría como preámbulo de su destacable actividad televisiva, aunque extenta de las prestaciones que ofrecía el formato cinematográfico de la época.
































