Críticas de Películas

'Pánico en las calles', una película liberadora para Elia Kazan

El director quiso rodarla para quitarse de encima el "yugo" teatral

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'Pánico en las calles', una película liberadora para Elia Kazan

Autor: Christian Aguilera

Según confesó a Jeff Young en un magnífico libro, Elia Kazan afrontó la realización de Pánico en las calles con una voluntad de ruptura en relación a sus anteriores trabajos para el medio, que consideraba demasiado lastrados o "contaminados" por su formación esencialmente teatral.

El guión servido por el matrimonio formado por Edna y Edward Anhalt -acreedor del único Oscar que obtuvo el film en una edición en la que había una competencia feroz en este apartado- marcaría la pauta de actuación de Kazan, ya que su aparente simplicidad narrativa -en comparación con los textos de alto calado dramático y emocional a los que se debía enfrentar a diario en el teatro- dejaba margen para trabajar aspectos relacionados con los movimientos de cámara y las composiciones de plano.

Todas estos detalles técnicos tenían por objeto transformar la ciudad de Nueva Orleans en uno de los "personajes" principales de la función, impregnándose desu singularidad arquitectónica, de la preeminencia de la música que suena en cualquier rincón de la misma (recurso diegético que excusaba la concepción de una banda sonora al uso) y de potenciar su factor decadente (habitaciones mugrientas, bares con las paredes descorchadas, locales sombríos, etc.) como uno de sus elementos distintivos.

En este sentido, Pánico en las calles funciona como el film seminal de una larga lista de producciones de sabor noir que han tenido como epicentro Nueva Orleans y sus alrededores, pero asimismo, como bien apunta Young, es un precedente de la imaginería visual, en la utilización de los encuadres, de la que hace acopio Sed de mal (1958).

Asimismo, ambas comparten una forma de narración fragmentada que busca un equilibrio, un pulso constante entre las escenas que competen a los "cazadores" (los agentes del orden y/o un funcionario del departamento de sanidad revestido de policía) y los que deben ser "cazados" (los delincuentes y estafadores), caminando hacia un clímax que tanto en Sed de mal como en Pánico en las calles están descritos con una precisión encomiable.

Si bien admirador de la obra de Orson Welles y, en concreto, de Sed de mal -amén de la utilización de la profundidad de campo que marcaría un punto de inflexión con la realización de Ciudadano Kane (1941)-, Elia Kazan se desmarcaría voluntariamente de las similitudes apuntadas por Jeff Young a lo largo de su extensa conversación, escudándose que el suyo era un film sin pompa, exento del sentido trágico del film protagonizado por Charlton Heston, e impregnado de una cierta comicidad -las escenas de la huida de Blackie (Jack Palance) en compañía de su compinche Fitch (Zero Mostel); el encuentro de Blackie con uno de sus confidentes, un enano que reparte periódicos, etc.

Esta ligereza que recorre algunos de los pasajes del film se percibe incluso en uno de los instantes que podrían catalogarse de extremadamente crueles cuando Blackie lanza al vacío la camilla con un enfermo afectado por la peste neumónica mientras Clinton (Richard Widmark) observa impotente la escena al pie de una escalera de emergencia.

Curiosamente, Widmark tres años antes había protagonizado en su film de debut, El beso de la muerte (1947), una escena similar, pero sustancialmente más impactante que la exhibida en el inicio del clímax de Pánico en las calles. Una nueva muestra que Kazan nunca persiguió con esta historia urdida por los Anhalt entrar por la puerta grande del género noir (tras su primera incursión con El justiciero) respetando y potenciando cada una de sus convenciones, sino más bien que sus intereses tenían mucho más que ver con vencer sus propios temores y establecer una barrera diáfana entre cine y teatro.

Al respecto, con su siguiente film, Un tranvía llamado deseo (1951) -otro feliz regreso a los escenarios naturales de Nueva Orleans, de los que quedó prendado durante la preproducción y el rodaje de Pánico en las calles-, el director de origen armenio parecía haber dado un paso atrás.

Pero sobre todo a tenor de la realización de La ley del silencio (1954) -que comparte un final ubicado en una zona portuaria, con un sentido metafórico más acusado en el caso del film interpretado por (Walter) Jack Palance- se entiende la importancia que tuvo Pánico en las calles para afianzar su categoría de cineasta ya sin el yugo de sus orígenes escénicos que tanto prestigio le dieron pero, al mismo tiempo, le hicieron cuestionar su valía como director tras las cámaras.

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