Críticas de Películas


'Octubre', un creyente Eisenstein

El cine moderno debería fijarse más en clásicos como éste




Autor: Carles Matamoros
Hubo un tiempo en que el cine servía para levantar acta, para dictar sentencias e imponer ideologías a las masas. Sucedió con los más grandes del mudo, con Leni Riefenstahl, con David W. Griffith y, obviamente, con Sergéi Eisenstein. Pero también, con más sutileza, en los géneros clásicos del sonoro.
Sin ir más lejos, estimar la importancia ideológica de los westerns es, hoy por hoy, una obviedad. Para bien y para mal, la tendencia se ha difuminado con el paso de los años y en estos tiempos de pensamiento débil son pocos los cineastas que sustenten sus propuestas en una tendencia política clara.
Quizá las grandes producciones del presente no sean inocentes (detrás de ellas, siempre suele verse un modo -generalmente conservador- de entender el mundo), pero ya no se busca transformar la sociedad. Ni tan siquiera marcar unos códigos de conducta correctos.
Todo ha cambiado rotundamente. Porque cuando filmaba Octubre Eisenstein sí creía en algo. Había hecho propio el sentir revolucionario de las clases obreras de su país y, en motivo de una celebración (el décimo aniversario de la Revolución de 1917), se atrevía a plasmar en imágenes el pálpito de un pueblo (el ruso) que había derrocado al gobierno provisional moderado post-zarista para dar paso a una era comunista de marcado optimismo y que aún no dejaba entrever sus (muchos) claroscuros.
Aun así, lo que, como espectador del siglo XXI, más me interesa de Octubre no es tanto lo que narra sino cómo lo narra. A estas alturas nadie le va a pedir al cine que le cuente la Historia (ni tan siquiera es sencillo discernir entre las distintas versiones según el signo político del historiador) sino que le permita entrar en diálogo con las imágenes, experimentar una vivencia, compartir con el director una experiencia.
Eso sucede en el filme que nos ocupa. Eisenstein era en esencia un revolucionario del cinematógrafo. Un teórico que no sólo se dedicaba a exponer sus ideas sobre este nuevo arte masivo (el cine que, durante la década de los 20, aún no había formulado un lenguaje hegemónico) en el papel sino que daba un paso más allá y las aplicaba en su propia obra como realizador.
Asumiendo que el mundo estaba cambiando, el cineasta soviético proponía también una transformación radical en las formas. El cine de la URSS no podía ser igual al cine de Occidente. Y mientras la planificación clásica y aristotélica se iba imponiendo (hasta hoy), Eisenstein proponía un lenguaje cercano a la abstracción donde el montaje (de atracciones) daba lugar a nuevos significados en la mente del espectador.
Nacían así una serie de películas herederas del choque dialéctico presente en el kanji japonés que tanto determinó la construcción de un filme como Octubre.
Si en la extraordinaria (pero también más cristalina) El acorazado Potemkin (1925), sólo se podían intuir las líneas maestras del dispositivo formal del cineasta soviético, en los treinta y cinco primeros minutos del filme que nos ocupa sí se vislumbran con mayor claridad las posibilidades reales de un cine bien distinto al que hemos conocido como clásico.
Existen en esta primera etapa del filme asociaciones un tanto obvias (el general Lavr Kornilov contrapuesto a la estatua de Napoleón Bonaparte), pero otras sumamente sugerentes y abiertas -esa serie de planos cortos en los que aparecen distintas divinidades-. Por no hablar de inauditos logros de montaje como la famosa secuencia del puente (con caída del caballo incluida) en la que existe una concepción de la épica y de la acción totalmente contrapuesta a la que nuestros ojos están acostumbrados.
Quizá el desarrollo posterior de la película no conserve la fuerza del arranque -se produce una cierta redundancia en lo narrado y una evidente rotura del ritmo avasallador inicial- y sólo hacia el final -con todo el trabajo con la iconografía cristiana y patriótica- se recupere el pulso, pero, a mi modo de entender, poco importa.
Porque (esta vez, es innegable) los logros empequeñecen los defectos. Y, a la postre, hay imágenes que perduran. Algo que han conseguido pocos cineastas y que va más allá de las ideologías que pueda tener cada uno.
Para muestra, un botón: el derrocamiento inicial de la enorme estatua del zar -que, en una de las secuencias más fascinantes de la película, amagará con reconstruirse como si de un terrible rompecabezas se tratase- es de una fuerza icónica difícilmente mesurable.
Ésa y no otra es la imagen que representa la Revolución de 1917. Hasta el punto que, muchísimas décadas después (en 2003), el bando estadounidense (bendita ironía) decidió escenificar de un modo curiosamente similar la caída del dictador iraquí Saddam Hussein (de su estatua) en una plaza de Bagdad. Por una vez, la realidad imitaba al cine. Y probaba que, pese a todo, Eisenstein ha dejado huella en el inconsciente colectivo.
Puede que la mayoría de sus proyectos no se completasen (o fuesen recortados) y que, tras sus éxitos iniciales, se convirtiese en un incomprendido tanto en Hollywood como en la URSS. Puede que sus teorías nunca se llevasen al extremo. Y puede que, a excepción de unos pocos (ahora pienso en Guy Maddin y su uso enfático de los intertítulos), nadie siguiese la senda marcada por Octubre.
Pero, aun así, algo perdura. Y, de vez en cuando, no viene mal volver a las películas del cineasta soviético. No se tratará (sólo) de un gesto arqueológico sino de un (re)descubrimiento de unas imágenes que todavía permanecen vivas. Dispuestas a ser recuperadas por un cine contemporáneo que puede encontrar su futuro mirando hacia su (olvidado) pasado.































