Críticas de Películas

'Los puentes de Madison', el héroe y la princesa

Amor imposible de fotografía naturalista

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'Los puentes de Madison', el héroe y la princesa

Autor: Òscar García

El amor imposible entre el fotógrafo del National Geographic Robert Kincaid (Clint Eastwood) y la ama de casa Francesca Johnson (Meryl Streep) no deviene, en principio, una historia demasiado original. Incluso el sacrificio de ella, la renunica -un tema para discutir ya que la película permite diversas interpretaciones- es la forma habitual con la que los guionistas de Hollywood solucionaban estos conflictos tan ajenos a la moral oficialista del código Hays. Era un acto heroico y emocionante que funcionaba a nivel dramático.

Al mismo tiempo, la trama argumental es de las más sencillas que se pueden encontrar. Robert y Francesca conviven durante cuatro días mientras que la familia de ella visita una exposición de animales de granja. Nadie los observa, no hacen absolutamente nada que hablar y vivir para ellos mismos. La pregunta a realizar es qué sustrato exista bajo la aparentemente anodina narración del best-seller de Robert James Waller para que, con tan pocos recursos, se construya una película tan impactante.

Evidentemente, uno de los mecanismos empleados resulta ser el de la identificación del espectador. La filmación, semidocumental a cargo de Eastwood, nos acerca de una manera casi turbadora, a la intimidad de Robert y Francesca. Una historia de amor perfecta que se deja morir concita la emoción del público. El espectador quiere luchar para que continúe, para que se mantenga viva. Además, los dos puntos de vista de los protagonistas, diametralmente opuestos -en apariencia, pero no en el fondo- pueden hacer que cualquiera tome uno de los argumentos como propio.

Ciertamente, detrás de la sencilla peripecia vital se da un entramado de intereses, de convicciones que hace que la historia de sustente.Kinkaid representa el prototipo de hombre íntegro, en paz consigo mismo, sin residencia fija y amante de la vida, de la naturaleza y de los seres humanos. Su trabajo para el National Geographic le permite conocer nuevos mundos, personas, experimentar todo tipo de aventuras. Su leit motiv es que nadie tiene amo, que la moral monógama instaurada en Occidente oculta una cierta tendencia a la dominación.

Él desearía regresar a África para reencontrarse con el lugar donde brilla por su ausencia la moralidad, porque la naturaleza no la tiene. Por el contrario, Francesca, de orígenes italianos, casada con un granjero Richard Johnson (Jim Haynie) y con una parella de hijos fruto de su matrimonio -Carolyn (Annie Corley) y Michael (Victor Slezak)-, deja que su vida se consuma en el silencio producido por la incomunicación con su familia. Francesca lee la poesía de Yates y escucha ópera a través de la radio. El suyo es un espíritu sensible, pero atrapado en la más absoluta mediocridad.

Lo insoportable de este destino es apuntado por Eastwood con pinceladas costumbristas de una gran agudeza analítica. Las cenas silenciosas y la puerta que su familia hace que toque con el marco representan descripciones sutiles y precisas al mismo tiempo. Así pues, el encuentro entre los dos protagonistas de la función y el corriente de atracción que se establece de inmediato es, cuanto menos, predecible. Ella es quien toma la iniciativa en todo momento.

Francesca es quien experimenta una cierta turbación cuando Robert, de forma fortuita, roza su mano con la pierna de ella; la mujer de mediana edad es quien espía a Robert cuando visitan los puentes y la que le invita a cenar en su casa. En definitiva, ella es quien continuamente hace avanzar la relación. El experimentado fotógrafo se presta a explicar lo que ha sido su vida hasta entonces, da lecciones de amoralidad y se deja conquistar por una mujer inteligente que se está marchitando como una flor. Cuando la repentina atracción se consuma -según mi parecer, uno de los momentos menos logrados del metraje- comienzan a salir a la luz los problemas, ya que los protagonistas permutan sus papeles.

El curtido free-lance se comporta como si fuera una mujer provinciana cuando, en el fragor de una discusión, quien presume de ser un defensor de la libertad personal, le exige que renuncie a su estilo de vida con el fin de irse a vivir juntos. En cambio, Francesca demuestra que es ella quien domina la situación porque, en ningún momento se siente convencida de querer una experiencia duradera con su amante y, por tanto, actúa en consecuencia.

Ella quiere ser un objeto de deseo, la «princesa» librada por su «héroe»; quiere que sea Robert quien se la lleve. Cuando depende de ella, el gesto para seguir con la aventura o proseguir con su monótona vida, aunque la situación durara horas Francesca nunca lo haría. En conclusión, aunque sin ser plenamente consciente de ello, Francesca tan sólo quiere una aventura, una petita dosis de estímulo a su alicaída existencia. Llegados a este punto cabe recordar el hecho que la historia se desarrolla únicamente en un intervalo de cuatro días.

Si descontamos el primero, en el cual los protagonistas se conocen, tan sólo nos quedan tres para que, tal como dicen, lleguen a la convicción que están hechos el uno para el otro. Resulta tan grotesca la pretensión de verisimilitud de la situación ya apuntada en el libro de Waller que únicamente una realización casi perfecta puede borrar la sensación de ridículo.

Y Eastwood lo consigue con una simplicidad pasmosa mediante una fotografía naturalista -en el deber del operador Jack Green- que descubre con los gestos, las miradas, las indecisiones cuáles son las verdaderas motivaciones de la pareja protagonista. Tan sólo la escena del primer beso, fallida por la intencionalidad demasiado clara por mitificar ese instante, y la de la conversación en el pub-donde Eastwood parece más interesado por el conjunto de jazz que por sus protagonistas (su hijo Kyle hace una breve aparición)- no alcanzan el alto nivel del resto del metraje.

En todo caso, quien vea Los puentes de Madison tiene la sensación de asomarse por una ventana y tomar nota de la realidad. Valorando las intenciones de Eastwood al rodar semejante realidad, creo que es el mejor elogio que se le puede hacer.

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