Críticas de Películas

'La zarina', una comedia infravalorada

La película se queda a medias entre Ernst Lubitsch y Otto Preminger

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'La zarina', una comedia infravalorada

Autor: Joaquín Vallet Rodrigo

La zarina es una película de muy concretas características ya que en ella confluyen dos cineastas de con personalidades bien diferenciadas.

Comenzada por Ernst Lubitsch y concluída por Otto Preminger, a quien se le atribuye la autoría en los créditos apareciendo el autor de Ninotchka como productor, es un film demasiado dialógico para pertenecer al primero y excesivamente malicioso para pertenecer al segundo.

La película se instaura, por tanto, en una extraña tierra de nadie, dando como resultado una producción cuya verdadera influencia resulta difícilmente identificable. En la obra hay un buen número de momentos que, sin ningún género de dudas, se encuentran expuestos bajo la mirada de Lubitsch, entre ellos los mismos créditos iniciales que muestran de fondo una puerta.

Sin embargo, varias secuencias sustituyen las sugerencias y las ambivalencias visuales tan habituales en su obra, por una sobrecarga de diálogos e información verbal que no tiene su conveniente aplicación en la puesta en escena.

La zarina, por consiguiente, bien se debe entender como una película sustentada en el guión y en su cuadro actoral, antes que en el estilo determinado de un cineasta.

Aún a pesar de lo ya expuesto sobre un cierto abuso de parlamentos, lo cierto es que la película posee un guión verdaderamente espléndido. Ingenioso y sutil, rebosante de sarcasmo y dobles lecturas, se basa en una historia del siempre brillante Lajos Biró y recrea la figura de Catalina, «la Grande» con un sentido del humor muy cercano al desarrollado, también por Biró, en el guión de La vida privada de Enrique VIII.

Excelentemente recitado por un conjunto de actores verdaderamente excepcional, la experiencia teatral de Tallulah Bankhead (en la que sería su despedida del cine hasta bien entrados los años sesenta) se revela fundamental para aportar el cúmulo de matices necesarios para que su personaje se muestre cínico, caprichoso, enérgico y dependiente según el momento y las circunstancias, pero siempre envuelto en un halo de punzante altanería que le otorga personalidad propia.

A esta gran composición se suman los trabajos de Charles Coburn alzándose, una vez más, como uno de los secundarios más sobresalientes del clasicismo estadounidense; la siempre maravillosa Anne Baxter reafirmando su valía interpretativa, aún con un rol menor; característicos tan imprescindibles como Mischa Auer o Sig Rumann y, cómo no, con la breve pero memorable intervención de Vincent Price como el marqués de Fleury.

Incluso un actor tan oscuro, aunque de muy interesante filmografía, como William Eythe realiza un trabajo verdaderamente sensacional en la piel del teniente Alexei, atractivo y valiente aunque ingenuo y de escasas luces, que parece plantear una curiosa inversión de los pícaros y astutos personajes interpretados por Maurice Chevalier en varias películas de Lubitsch.

La zarina, en definitiva, es una extraordinaria comedia que, si bien resulta frecuentemente infravalorada por sus evidentes irregularidades a nivel de dirección, ello jamás puede ser un obstáculo para dejar de valorar el film como justamente merece.

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