Críticas de Películas

'La ventana indiscreta', el mirador de J. B. Jeffries

Brillante y operística representación en un escenario interactivo

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'La ventana indiscreta', el mirador de J. B. Jeffries

Autor: Joan Millaret

Siempre resulta agradable y reconfortante volver a visitar películas clásicas y, también, mitificadas, que sería el rango que adquieren las lejanas películas cuando el tiempo se deposita sobre ellas para engrandecerlas y no para envejecerlas. Estas viejas -que no decrépitas y marchitadas- películas adquieren nuevos valores, significados e interpretaciones cuando son revisitadas desde nuestro presente. Con cada nueva lectura parecen rejuvenecer, reformulándose y reactualizándose.

La ventana indiscreta, la gran pantomima del maestro Hitchcock construida sobre un colosal escenario, parece hoy, en tiempos de un cine autorreflexivo y referencial, un brillante y oportuno ejercicio metacinematográfico en dos direcciones: sobre los mecanismos del propio cine en su dimensión espectatorial y sobre la puesta en escena del propio Hitchcock.

La ventana indiscreta, una brillante y operística representación que se desarrolla en un grandioso escenario abierto e interactivo, planificado con estratificados niveles que contienen cada uno de ellosun microescenario autónomo e independiente con su propia historia a cuestas.

El cine de ficción, el arte por antonomasia mejor anclado en la realidad, se descubre en La ventana indiscreta como lo que verdaderamente es, un sueñoconstruido sobre una gran y artificiosa mentira y que transmite cierta sensación de realidad y verosimilitud.

La placentera revisitación de La ventana indiscreta ofrece el mejor ejemplo posible sobre el carácter voyeurístico del espectador de cine, el contemplador de historias ajenas desde su confortable y segura butaca. Igual que el bueno de Jeffries, fotógrafo depositado forzosamente en una silla de ruedas con una pierna escayolada, por culpa de un accidente de trabajo, y obligado a aburrirse y permanecer inmóvil e inactivo.

Desde su habitación, privilegiada atalaya abierta al patio de vecinos, Jeffries ejerce de mirón sin ocupación. El placer de mirar y observar, atributos identitarios del espectador de cine, apareceninscritos también en la propia profesión de fotógrafo de J. B. Jeffries. La desidia provocada por su estado parasitario debido a un obligado encierro durante tórridas y bochornosas noches urbanas le empuja a contemplar y seguir la vida de una comunidad de vecinos a través de su ventanal.

La ventana como espacio abierto al exterior y, también, pantalla donde se proyectan las distintas historias de sus conciudadanos. Así, cualquier pantalla cinematográfica podría bautizarse tranquilamente como «la ventana indiscreta». Incluso, en el arranque de esta gozosa película del juguetón Hitchcock, aparece, junto a la aparición de los títulos de crédito, el efecto cortinilla de las salas de cine o el del telón del teatro, cuando se corren las persianas de la ventana del estudio del fotógrafo Jeffries indicando que va a dar inicio el espectáculo y que vamos a asistir a una representación.

La película es una divertida reflexión sobre los peligros que conlleva el placer de mirar, como muy bien indica la enfermera Stella encargada de cuidar al paciente Jeffries, prototípico personaje secundario que alberga un gran sentido común y cumple un poco la función admonitoria del coro griego o el de las brujas de Macbeth, que le amonesta sobre los peligros de inmiscuirse en la vida de los otros y que será castigado por su intromisión, su carácter de fisgón.

El espectador, que adquiere insistentemente el punto de vista de Jeffries, identificándose obligatoriamente con el enfermizo mirón, se recrea contemplando impunemente el espacio exterior de un patio de vecinos. Lo curioso del caso es que la ventana-pantalla de Jeffries muestra distintas historias paralelas que tienen lugar simultáneamente en dicha comunidad al observarse una historia en cada ventana, ventanas que permanecen abiertas y transitables por culpa de los rigores de la canícula.

La ventana abierta de Jeffries a una comunidad ofrece un retrato coral de las distintas ficciones que habitan y vemos en cada ventana particular. La visión de Jeffries podría ser en principio un relato de historias cruzadas pero cada una de ellas se desarrolla ignorando las otras, se desarrollan paralelamente, como en el montaje alternado.

Este efecto de distintas ficciones a la vez contempladas desde un punto fijo, el enclave de Jeffries, podría crear un efecto multipantalla proporcionado por el propio formato rectangular de las ventanas sin cortinas que nos permite acceder al interior de cada historia.

Este efecto multipantalla puede adquirir incluso un efecto multisalas, donde en cada ventana-pantalla se desarrolla una historia distinta adscrita a diferentes géneros y el espectador puede optar por escoger cualquiera de ellas, la que mejor le interese. Igual que el espectador que acude a la sala de cine, Jeffries tiene la necesidad de descubrir una historia que le atrape, de participar en una ficción, y así cree distinguir un crimen en uno de los apartamentos.

Cada ventana ofrece una historia y todas las historias parecen variaciones del gran tema del amor: los recién casados siempre con la ventana cerrada; la mujer soltera, sola y sin amor, apodada «Corazón solitario»; la joven y atractiva bailarina «Señora torso», objeto del deseo de todos sus invitados; el joven compositor y soltero, recluido en su carismática y bohemia buhardilla; la pareja madura sin hijos que duermen en el balcón y tienen un perrito; o el matrimonio Thorwald donde la mujer casada postrada en cama que requiere cuidados, ridiculiza y fiscaliza a sumarido.

Como en el propio cine, la historia de los recién casados no tiene ningún interés ya que está desprovista de misterio e intriga. La noche de bodas coincide mayoritariamente con el fin de muchas películas, es la conclusión reparadora y reconfortante de cualquier historia de amor. Es el típico final feliz de muchas películas en la denominada etapa clásica del cine de entretenimiento.

Mayores expectativas generan las otras historias paralelas, algunas con evidentes características melodramáticas, especialmente los personajes solitarios con déficit de cariño y amor, pero será la controvertida convivencia del matrimonio Thorwal la que se convierte en foco de atención de Jeffries al observar un comportamiento extraño del marido con salidas nocturnas intempestivas así como otros fenómenos relacionados con la pareja que levantan sus sospechas.

A partir de este instante se inicia un apasionante juego de intrigas alimentado por la fabulación de Jeffries que consigue gradualmente seducir y embaucar mediante su historia a su enfermera y su sofisticada novia, Lisa. La historia imaginada o real contada por Jeffries consigue vencer las reticencias de las dos mujeres mediante sus suposiciones e hipótesis.

Las dos mujeres sucumban al placer de la narración, al placer de la fabulación, igual que los espectadores se dejan arrastrar a un mundo de ficción que creen real. Incluso, cuando Jeffries relata su plausible historia, descubierta como un detective mediante la simple observación de los hechos, y para mantener su atalaya a cubierto, los tres fisgones se refugian en la oscuridad para no ser descubiertos, igual que el espectador en la sala oscura.

La implicación de las dos mujeres enla trama subvierte la tan cacareada pasividad del inmóvil espectador de cine ya que llegarán a salir de su reducto para adentrarse en la pantalla del matrimonio Thornwald y participar en las pesquisas del organizador del relato, Jeffries, modificando la historia.

El espectador no como testimonio mudo de una ficción sino que éste participa emotivamente y sensorialmente en una película; y un poco como la joven protagonista Lisa que llega a penetrar la pantalla entrando físicamente por la ventana, el espectador también participa de las ficciones, aunque aparentemente no tenga el control como el aficionado a los videojuegos.

Esta película de suspense e intriga parece también una reflexión sobre el propio cine del maestro inglés y su reafirmación en unas coordenadas conocidas cuando éste desprecia las otras historias simultáneas para privilegiar una ficción quese adscribe automáticamente al formato policíaco y detectivesco. Pero como siempre pasa en casa Hitchcock, toda la acción está mediatizada por una historia de amor.

En este caso nos reconocemos en otra maravillosa y fetichista historia romántica gracias a la belleza y encanto de una cotizada modelo de éxito, Lisa, enamorada de Jeffries y que lo quiere llevar al altar. Como una marca de estilo, siempre saldrá una mujer atrevida para ayudar a los protagonistas masculinos,convirtiendo las cintas del maestro del suspense en territorio propicio para que las mujeres abandonen sus papeles de supeditación y subalternos al hombre en el cine clásico para transmutarse en heroínas de acción.

Pero mujeres en acción como prueba de amor. Hitchcock nos ofrece una mujer rubia resplandeciente que hace lo posible para atraer al hombre de acción Jeffries al hogar con promesas de matrimonio provocando el recelo del fotógrafo, personaje nómada y aventurero por definición. Lisa aparece en el relato de forma espectral, prácticamente un fantasma, una sombra.

La primera presentación del personaje es casi una ensoñación, una repentina aparición mientras Jeffries está durmiendo, y Hitchcock, filma un beso memorable e inolvidable, cargado de sensualidad y erotismo, con la ralentización del mismo. El segundo encuentro es una sombra que se abalanza sobre Jeffries. Hay un momento fascinante, precioso, de seducción con besos cariñosos y palabras susurradas -otra escena imperecedera de amor cargado de erotismo- a la que cualquier hombre hubiese sucumbido sin reservas, placenteramente, dejándose arrastrar a un mundo de placeres y deseos realizados; pero Jeffries no puede evitar estar pendiente de su historia vislumbrada, la pasión enfermiza del voyeur totalmente enganchado al placer de la contemplación, y se escurre de los brazos de su amada. La atracción de la ficción es más poderosa e irresistible que los brazos tentaculares de una voluptuosa y radiante mujer.

Una vez resulta la trama, la mujer amada velará definitivamente los sueños del paciente Jeffries y lo mantendrá alejado de la ventana mirador para dirigir la atención de las miradas hacia ella.

En este epílogo feliz donde se vislumbra a un despreocupado ycautivo Jeffries, el maestro Hitchcock, empedernido bromista, no puede evitar mostrar a Jeffries penalizado por su carácter de mirón entrometido con sus dos piernas escayoladas, haciendo buenos los augurios de la enfermera Stella sobre el merecido castigo a los mirones.

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