Críticas de Películas

'La naranja mecánica', el fabuloso mundo de Alex

Filme de culto, trangresor y creativo

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'La naranja mecánica', el fabuloso mundo de Alex

Autor: Christian Aguilera

En 1962 aparecieron en el mercado editorial casi de forma simultánea Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey y La naranja mecánica de Anthony Burgess. Material susceptible de adaptarse a la gran pantalla, coligieron no pocos productores, pero a la postre tardarían varios lustros en transformarse en sendas producciones homónimas. Indiscutiblemente, Burgess se situaba fuera del ámbito de los beatniks, aunque A Clockwork Orange participaba, en ciertos aspectos, de esta cultura underground, asaz transgresora en sus enunciados éticos y estéticos.

Por consiguiente, el primario interés de Andy Warhol por hacer una versión sui generis sobre el texto de Burgess no debía extrañar en absoluto. En realidad, Vinyl (1965) -que así se bautizó con la intención de esquivar cualquier compromiso con los derechos de autor- tenía en su formulación narrativa una perspectiva esencialmente teatral que ligaba con el formato que cobraría vida fuera del papel por lo que concernía a Alguien voló..., adaptada a la escena con la participación activa de Kirk Douglas antes que su hijo Michael Douglas impulsara al proyecto cinematográfico definitivo, desarrollado tras las cámaras por Milos Forman.

Al vencer el colosal compromiso que había contraído con 2001: una odisea del espacio, Stanley Kubrick estuvo a punto de embarcarse en otro de similares proporciones: Napoleón. Pero los condicionantes de producción resultaban demasiado difíciles de asumir tras una ardua labor de documentación y, por tanto, Kubrick decidió aparcar temporalmente el proyecto -aunque el tiempo estimaría su clausura definitiva- y centrar sus esfuerzos en adaptar La naranja mecánica, de la que había comprado los derechos de la novela a Terry Southern, su coguionista en ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú.

Si bien a Kubrick nunca se le asoció con el movimiento beat, de su amistad con Carl Solomon -ambos nacidos y educadosen El Bronx en 1928- se fortalecería su progresivo interés para con una cultura de márchamo contestatario que situaba a Allen Ginsberg como uno de sus ideólogos. En 2001 esta estética contracultural se adivina en el mobiliario de la sala de estar de la estación orbital, pero cobraría pleno sentidoen La naranja mecánica, en su prospección de una sociedad futura que podría concretarse en el tiempo allá por los años ochenta.

Esta apreciación entraría dentro del terreno del «posibilismo», no así el propósito de Kubrick por hacer un estudio sobre la violencia y el uso que se hace de la misma por parte de un gobierno (británico) legitimado por el voto del pueblo. Tanto la novela de Kesey como la de Burgess contienen un elemento común que las conecta tangencialmente. En ambas se narra un proceso de «reprogramación» del cerebro a través, eso sí, de metodologías bien diferentes.

El tratamiento de shock al que se ve sometido Randle Patrick McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco deja paso al «método Ludovico», que tiene en Alex DeLarge su primer«conejillo de indias» en La naranja mecánica. Esa imagen, sin duda, resultaba demasiado poderosa para Kubrick para dejarla pasar, más aún si cabe cuando obtuvo el «asesoramiento» de Solomon, quien se sometió a electroshocks en los años cuarenta, motivo por el cual entró en contacto con Ginsberg en un centro hospitalario de los Estados Unidos.

Instalado en plena eclosión de la contracultura, Kubrick no pudo acertar mejor la fecha de ejecución de La naranja mecánica hasta el extremo que su noveno largometraje acabaría distinguiéndose como un icono para toda una generación. A la referida estética invariablemente kitsch que el «otro» John Barry (el diseñador de producción) supo adecuar a requerimiento del cineasta de ascendencia judía -no faltos de motivos eróticos: el lenguaje oral y la etimología delos personajes que concurrían en ¿Teléfono Rojo?... se trasladaba para la ocasión al terreno visual-, Kubrick sumaba una banda sonora conformada por el enfant terrible- que conectaba a Bach con la incipiente música electrónica servida por los sintetizadores moog- Walter Carlos y daba un protagonismo mayúsculo a la violencia como pivote de una sociedad avanzada.

Este tema se situaba en el epicentro del debate social en aquel periodo, a caballo entre la década de los sesenta y setenta, al punto de concentrar numerosas propuestas que daban un tratamiento «estilizado» de la violencia -Los demonios (1971),Perros de paja (1971), Deliverance (1972), etc.- generando, a menudo, el efecto contrario al deseado. Pero a diferencia de todos estos films,

La naranja mecánica se sitúa, a mi juicio, en un plano creativo superior debido a su estructura de fábula social. Burgess solía decir que «si los personajes de una novela no han experimentado un cambio en su comportamiento de principio a fin, el objetivo del autor ha fracasado». A pesar de que Kubrick acabó por prescindir del final «redentor» que había escrito Burgess para la edición norteamericana -que incluía un capítulo más que el de la inglesa-, ambos coincidían en esta lectura de un personaje, el de Alex DeLarge, que sufre toda una serie de cambios en su comportamiento a lo largo de la historia.

Solapándose con el desarrollo narrativo de alguno de sus anteriores -El beso del asesino- y posteriores -Barry Lyndon, El resplandor, Eyes Wide Shut-, La naranja mecánica contiene una estructura cíclica que nos hace contemplar el film como dos partes; la una como el «espejo opuesto» de la otra.

Por consiguiente, las acciones que emprende Alex tienen luego su réplica, pero con un sentido contrario al de sus intereses: el reencuentro con uno de los drugos-reciclado en policía-;el que le devuelvea su hogar -sus progenitores prefieren la compañía de Joe (Clive Francis), el inquilino que no les causa problemas-; la visita a la casa del escritor, elSr. Alexander (Patrick Magee), viudo tras la agresión que sufre su esposa (Adrienne Corri) por parte de éste y sus compinches; o con el vagabundo (Paul Farell), al que los drugos le habían propinado una paliza y, al cabo, se venga de aquel siniestro episodio.

El otro elemento básico que separa La naranja mecánica de los films coetáneos encomendados a reflexionar sobre la violencia hace referencia a la articulación de un léxico inventado (el nadsat), de raíz eslava, que propiciaría que aquellas franjas de la sociedad más receptivas a asimilar cambios en el orden establecido, es decir, los más jóvenes, convirtieran A Clockwork Orange en un referente de primer orden.

Una percepción que no ha variado con el paso del tiempo a los ojos de las nuevas generaciones, aunque indudablemente su estética kitsch más que situarla como un título de anticipación -especulando sobre un futuro inmediato- la deriva hacia una producciónde su tiempo con un pertinente discurso crítico que dinamita los fundamentos del stablishment, en especial el que computa en una clase política que necesita crear sus propios monstruos -léase Alex deLarge- para perpetuarse en el poder y quedar bien parada frente a una sociedad dispuesta a comulgar con ruedas de molino que coartan la libertad de pensamiento de los invididuos.

Una retórica que, al menos desde este punto de vista, situaría a Kubrick en la órbita de los beatniks. Sin ningún género de dudas, una propuestasubversiva que situó en el ojo del huracán a Stanley Kubrick, siendo acusado de fomentar la práctica de la violencia entre la juventud -con el «aliciente» de relacionarla con la actividad sexual (bien explícita en el primer tramo del film)-.

En Inglaterra, el veto en las salas comerciales a La naranja mecánica duraría un cuarto de siglo, retroalimentando de esta manera el culto a un film indisociable al temperamento creativo y transgresor de su director.

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