Críticas de Películas


'La huelga', cine revolucionario soviético

Eisenstein presenta una apología del movimiento obrero




Autor: Àlex Aguilera
Dentro del denominado «Cine Revolucionario Soviético», La huelga, rodada en 1925 por Sergéi M. Eisenstein guarda un lugar preferente en este movimiento surgido en los albores del pasado siglo. Primera producción de Goskino, una pequeña empresa dedicada a la confección de documentales de propaganda y largometrajes históricos y de denuncia social, Stachka es antes quenada una apología del llamado movimiento obrero, un embrión del sindicalismo de base en la Europa Oriental, cuyo eje vertebrador tenía su epicentro en Moscú.
No obstante,formaría partetambién, como quinto largometraje, de un ciclo de títulos bajo el nombre genéricode Hacia la dictadura (del proletariado). La cinta, recuperada en su casi totalidad por Divisa Films tras su lejana reposición de 1989 en, únicamente, circuitos de arte y ensayo, está compuesto por seis partes bien diferenciadas por el autor, pero con un nexo en común: el pueblo como motor de una sociedad convulsa.
La primera parte expone la conspiración y la agitación social como signos a los que identifica con diferentes comportamientos animales. Son los prolegómenos, también, de una irrupción de un joven teatro amateur en los prolegómenos de una interpretación en plenas calles moscovitas. En este segmento se muestra a la clandestinidad en la que los camaradas bolcheviques son sus protagonistas.
La segunda parte transcurre, mayoritariamente, en el seno de una fábrica, donde el simple robo de un micrómetro para el Zar encenderá la chispa de una futura huelga. Una causa arbitraria que provocará el suicidio del proclamado injustamente ladrón. La lucha y la posterior paralización del trabajo serán claros signos del inicio de una revuelta esperada.
La tercera parte proyecta los primeros pasos obreros, a través de la visión de familias con hijos y mujeres como principales damnificados por la creciente huelga. En el otro lado del espejo, se observa al capataz y su soledad manifiesta. Por vez primera en una pantalla cinematográfica se plantea por escrito la proposición de una jornada laboral de ocho horas, un trato adecuado y un treinta por ciento de incremento del sueldo.
Unas reivindicaciones que aún hoy son negociadas en varios países. Esta parte adquiere la categoría mayestática por la constante inclusión de primerísimos planos (la clase mandataria con sus grandes puros en contraposición con los obreros y sus rostros debilitados) y su ritmo intenso beneficiado por un montaje rápido, conciso y ágil.
Toda una marca de fábrica de Eisenstein, uno de los precursores de este tipo de edición a la que el autodenomino según un manifiesto escrito, El montaje de las atracciones,según una teoría depurada en sus inicios teatrales y sus estudios sobre los ideogramas japoneses.
La cuarta parte reflejalas consecuencias de la huelga en si, pues sus principales seguidores denotan en su propia carne la falta de comida, el hambre se apodera de ellos y de sus familias, lo cual genera una serie de conflictos bien expresados a lo largo de este capítulo. Empezamos a sentir las bases de un cine vanguardista, sobremanera en las escenas en las que los capataces y directivos no aceptan las pretensiones de los trabajadores.
La parte quinta, titulada «Una provocación para la derrota», nos presenta el reclutamiento de jóvenes valientes sin formación en la lucha obrera. El incendio en un almacén provocará la múltiple dispersión de una multitud enarbolada, por parte de los «oficialistas» funcionarios del gobierno haciendo uso de mangueras de agua que intentan acabar hasta con el 'lider' indulgente, semienterrado bajo los lodos.
La parte sexta y última, conocida como «la liquidación», expresa en imágenes como un niño pasando por debajo de los caballos del «régimen» es ajeno al enfrentamiento atroz y desigual entre obreros y la policía montada cosaca. Una revuelta en cualquier caso dominada por la barbarie, con un final tan desesperanzador como realista, signo de una época de desestabilización.
El cineasta letón contrapone esas imágenes con las de la feroz matanza de un buey, con la finalidad de dar un impacto mayor a las escenas supuestamente dramáticos en manos de actores no profesionales. Por su parte, la semilla había empezado a brotar para las nuevas generaciones de cineastas interesados en la denuncia social. Einsenstein había sentado las bases para todos ellos, teniendosu continuación ese mismo año con El acorazado Potemkin (1925) y más tarde con Octubre (1927).
































