Críticas de Películas

'La fiera de mi niña', historias de Connecticut

Guerra de sexos según Howard Hawks

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'La fiera de mi niña', historias de Connecticut

Autor: Christian Aguilera

A raíz del éxito obtenido con Sucedió una noche (1934) -se llevó los cuatro Oscar principales, un registro que perduraría más de cuarenta años-, las productoras parecían complacidas ante el alud de propuestas que llegaban a sus oficinas bajo el tamiz de un modelo de comedia de dificil definición.

Al cabo, se hablaría del mismo en los términos de screwball comedy («comedia alocada»), haciendo posible que tan sólo la perspectiva temporal acertara en el «diagnóstico» de las claves que concurrían en aquel subgénero que surgió de una forma un tanto espontánea durante la época del New Deal.

Dadas sus constantes idas y venidas de un género a otro, Howard Hawks no fue un conspícuo cultivador de la screwball comedy, pero las pocas que llegó a filmar cumplen las principales requisitorias del subgénero y, en cierta manera, la primera de su corta serie, La fiera de mi niña, podría considerarse su quintaesencia.

Entre medias de haber rodado parcialmente Rivales (1936) -al suplir al director titular William Wyler en esta «película-río»- y de dar por zanjado su compromiso por hacerse cargo de la dirección de Gunga Din (1939) -la que se presumía su primera aproximación al género de aventuras coloniales-, los directivos de la RKO le hicieron llegar una historia que había sido publicada en Collier's Magazine, escrita por Hagar Wilde (1905-1971).

Aunque el material, a priori, lehubiera podidomover alrecelo, entendió que podría ser un vehículo apropiado para dos de los intérpretes que aún no habían trabajado con él -Cary Grant y Katharine Hepburn- tener la opción de contar con Dudley Nichols, guionista recurrente de John Ford, por quien profesaba una absoluta admiración.

Toda vez que tratamos de hacer el esfuerzo de desentrañar el sentido de unos diálogos que, a menudo, militan en el puro non sense, o el surrealismo -un movimiento que se transmutó desde las galerías de arte a otras disciplinas artísticas, entre ellas, la escritura-, podemos colegir que un film como La fiera de mi niña resigue el «ideario» de la screewball con bastante fortuna, al situarse en el eje central de su discurso una «guerra de sexos» que incrimina al intercambio de roles de los mismos.

Así pues, el doctor David Huxley (Cary Grant) pasea por una lujosa mansión de Connecticut con un salto de cama mientras que, por su parte, Susan Vance (Katharine Hepburn) despliega un muestrario de su perfil andrógino al imitar los gestos y las expresiones inherentes a los delincuentes de baja estofa en las escenas de la comisaría de policía. Muchas de las screwballs parten de la premisa del anuncio dela celebraciónde un nuevo matrimonio o de un divorcio -La fiera de mi niña, Un marido rico (1942), Sucedió una noche, La pícara puritana (1939), Historias de Filadelfia (1940), etc.- que se ve interferido por una situación anómala que hace replantear la situación de la pareja, bien sea el varón y/o la fémina.

A partir de aquí, las situaciones estrafalarias toman el mando, haciendo partícipes al espectador de un desarrollo que escapa a toda lógica y que invita a impregnarsedel carácter subversivo de aquellas comedias que se concentraron en su mayoría en los años treinta y cuarenta bajo bandera de distintas productoras. Exenta de las lecturas sociales que se podrían derivar de films dirigidos porFrank Capra (Sucedió una noche), Gregory La Cava (Al servicio de las damas) o Preston Sturges (Las tres noches de Eva, Un marido rico, Los viajes de Sullivan, The Sin of Harold Diddlebock), Howard Hawks, Nichols y la propia Wilde orillan el discurso clasista para adentrarnos en un choque de realidades, la que ejemplifica Susan Vance -una joven díscola perteneciente a la alta burquesía- y la de David Huxley, un representante del mundo científico dedicado en cuerpo y alma a su trabajo de paleontólogo.

David ni tan siquiera tiene tiempo para buscar fuera de «esa campana de oro» a la que podría ser su pareja; le basta con considerarse afortunado de haberse prometido con su apocada y discreta secretaria, Alice Swallow (Virginia Walker). Como bien señala Quim Casas en su libro 'Howard Hawks: la comedia de la vida', ese mundo cerrado, de grandes dimensiones -las necesarias para dar cobijo al esqueleto de unbrontosauros a punto de ser reconstruido, a nivel óseo, en su integridad- procova un contraste severo con las escenas al aire libre, en un campo de golf,donde David conoce a Susan merced a una situación que marcará, a partir de entonces, el tono alocado de la narración.

Hawks, un director que siempre legitimaba lo efectivo frente a lo epatante, se mostraría inspirado para la confección de una serie de escenas que buscan la sonrisa cómplice para con el espectador, desde la que tiene lugar en un lujoso restaurante situado a pie de carretera -esa idea de salir del vestíbulo como si ensayaran para bailar la conga, pero que en realidad sirve para cubrir la parte trasera de Susan que deja al descubierto su ropa interior (casi treinta años más tarde el guión de Su juego favorito reproduciría una situación análoga)- hasta la improvisada visita de latía Elizabeth Random (May Robson) en casa de su sobrina, con un invitado ataviado con un vestuario femenino que empieza a delirar para pasmo del fox terrier que atiende impertérrito a sus desvaríos en forma de circunloquios.

Escenas, todas ellas, perfectamente definitorias del concepto de screewball comedy, pero que Hawks alcanza a dar categoría de metáfora en otras tantas, como la que vemos a Susan colocar de forma involuntaria un cazamariposas de grandes proporciones por sombrero a David; la excéntrica Srta. Vance ha «cazado» al apuesto científico por el que se siente profundamente enamorado.

El sentirse correspondida dependerá de un hilo... el mismo del que se sostiene la estructura ósea del brontosauros al que David Huxley ha dedicado cuatro años de su vida «monacal». La estructura cíclica toma cuerpo, por tanto, en Bringing Up Baby -expresión inspiradaen las tiras cómicas tituladas Bringing Up Father, de George McManus, y que hacen referencia en el film a un leopardo «manso»-.

Pero, como todo viaje suspendido por el poderoso influjo del amor, ya nada será igual que al principio: la destrucción de su masterpiece que había mimado hasta le exasperación y que estaba a un hueso de completar, abre la puerta a la construcción de una relación sentimental... Pero ya se sabe que ninguna de las screewballs comedies que se realizaron en aquella época facultaban cualquier tentativa de segundas partes; cada una era una propuesta indivisible en sí misma, con sus finales abiertos o cerrados, aunque nunca con la idea de ser artificialmente prolongados, salvo en forma de remake.

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