Críticas de Películas

'Eyes Wide Shut', ¿relatos soñados?

El desquiciamiento del fin del mundo

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'Eyes Wide Shut', ¿relatos soñados?

Autor: Joaquín Vallet Rodrigo

Muchísimas fueron las especulaciones que se filtraron durante el larguísimo rodaje de esta película (unos cuatrocientos días) y el no menos largo proceso de postproducción (cerca de un año). Especulaciones acerca de un argumento que Stanley Kubrick procuró guardar celosamente de cara a los medios, así como de la circunstancia de que una pieza que versaba, básicamente, sobre las relaciones de pareja estuviera protagonizada por el, en aquel entonces, matrimonio formado por Tom Cruise y Nicole Kidman.

Los problemas de producción ayudaron a fomentar esta especie de «leyenda» sobre Eyes Wide Shut: el hecho de que Harvey Keitel y Jennifer Jason Leigh fueran sustituídos por Sydney Pollack y Marie Richardson (debido a los compromisos de ambos con otros proyectos), la reconstrucción de las calles de Nueva York en estudios debido al pánico del cineasta a subir en avión, así como el posterior hecho de que Kubrick falleciera cuatro días después de haber entregado el montaje definitivo a los ejecutivos de la Warner.

Todo ello, en definitiva, sirve para considerar Eyes Wide Shut una especie de epítome de las maneras idiosincrásicas del director, tanto en lo que se refiere a los niveles internos del film (que se analizarán a continuación) como a los avatares de una producción meticulosa y concienzuda que nada deja a la improvisación y cuyo control se halla, única y exclusivamente, en una sola persona.

Sería arriesgado pensar que el mismo Kubrick sabía de antemano que Eyes Wide Shut se convertiría en su testamento cinematográfico. Empero, hacía más de diez años que había estrenado su último film (La chaqueta metálica) y sus producciones se espaciaron considerablemente a partir de 2001: una odisea del espacio, por lo que cabe la posibilidad de que el cineasta ya intuyera este hecho y convirtiera la realización en un intrincado conjunto de claves que guardaran sus últimos deseos y supusieran la más depurada muestra de las maneras cinematográficas de un artista irrepetible.

Sin ningún género de dudas, en Eyes Wide Shut existen un buen número de secuencias que son auténticas declaraciones de intenciones y que poseen la descomunal cualidad de la mirada abstracta de un genio en las postrimerías de su existencia.

La primera secuencia del film muestra a Nicole Kidman desnudándose en su dormitorio. La cámara se coloca en una posición casi cercana al voyeurismo, distanciada de la actriz que se encuentra de espaldas aparentemente ajena a la indiscreta mirada del espectador. En el calculado encuadre concebido por el cineasta para el arranque de su película se encuentra, por consiguiente, definida la temática del mismo: la exposición desprejuiciada de las relaciones íntimas, del sexo, las obsesiones y las represiones.

Una disección intensa y, por momentos, dolorosa en la que quedan «al desnudo» las infinitas taras de la condición humana que Kubrick se encarga de materializar mediante la intimidad de sus personajes y de un pansexualismo de perversas tendencias freudianas. El sexo va más allá de ser una mera obcecación impulsiva para convertirse en algo mucho más complejo: para Alice es el deseo de aseveración personal, de constatación de su feminidad y de la desvinculación del dominio masculino.

No resulta nada gratuíto, a este respecto, el hecho de que sea una galerista en paro por lo que la dependencia de su marido se traslada, incluso, a los estadios económicos. Aspecto al que también cabría añadir su condición de madre. Por tanto, el único resquicio de libertad del personaje se halla, precisamente, en su sexualidad.

En una insatisfacción manifiesta y en los deseos de albergar nuevas formas de versatilizar sus relaciones íntimas. Kubrick expone estos elementos mediante la expresiva mirada de Nicole Kidman, sobre todo, en tres momentos clave que condicionan la interpretación del film: en primer lugar, en la larga secuencia del baile cuando advierte que Bill está flirteando con un par de modelos. Lejos de mostrar un gesto grave o agrio, su rostro se torna malicioso, concupiscente, deseoso de que la infidelidad de su esposo quede completamente realizada. El segundo momento es la escena en la que ayuda a su hija con las tareas de matemáticas mientras Bill entra en la cocina.

La visión de Alice como una madre abnegada que cuida cariñosamente de su hija, se rompe completamente cuando desvía la mirada hacia su marido y esboza una enigmática sonrisa: la madre se ha convertido en una mujer ávida de sexo y es esta nueva identidad (descubierta recientemente) la que llega a asustar a Bill quien apenas sabe cómo reaccionar. Por su parte, la tercera, es la memorable conclusión del film en la que Alice limita cualquier tipo de vínculo afectivo a un único concepto: el sexual.

Bill, por su parte, es un personaje constantemente errático, cuyos vagabundeos por la ciudad escenifican las dudas del personaje y el enfretamiento ante una nueva situación que acaba por desbordarlo.

El sexo para Bill se establece mediante encontronazos que rara vez adquieren efecto de continuidad: los escarceos en el baile son obstaculizados por el incidente de Ziegler; su relación con las dos prostitutas se interrumpe por las llamadas telefónicas de su esposa; la irrupción en la orgía es completamente descubierta. es decir, el desconcierto que le ha provocado la confesión de su esposa adquiere unos deseos encontrados que fluctúan entre la necesidad física de cometer adulterio y las represiones que la sociedad (en especial, la doble moral de la burguesía acomodada) impone y que únicamente el montaje de una mascarada es capaz de liberar.

Asimismo, en su particular descenso a los infiernos, Bill discurrirá por toda clase de tendencias sexuales que incrementan su desarreglo interno: la homosexualidad se verá reflejada en la banda callejera que le increpa mediante insultos sexuales y las insinuaciones del recepcionista del hotel; la atracción hacia la hija del sr. Milich, una adolescente, que no dudará en mostrarse incitante con el fin de captar su atención; su cada vez mayor inmersión en el submundo del sexo con el contacto con las dos prostitutas.

Toda una serie de tentativas que, en contra de definir los deseos e intenciones de Bill, le provocan una mayor perturbación. Sin ningún género de dudas, Kubrick toma este personaje como una metonimia del desquiciamiento del fin del milenio. De una civilización colapsada en la que el sexo adquiere mil y un rostros (tantos como máscaras aparecen en la orgía) y cuya consecución resulta un acto catártico que esconde deseos de autodestrucción, miedos y existencias vacías. Asimismo, expone una interesante vinculación entre las perversiones eróticas y el decadentismo europeo.

En efecto, el pretendiente de Alice en la fiesta es un húngaro de sienes plateadas que representa mejor que nada esta tendencia a través de su porte y palabras refinadas. Algo que chocará con la crudeza de Ziegler, (europeo a tenor de su apellido) que no duda en ofrecer una mezcla explosiva de drogas a una prostituta en su propia fiesta o con Milich, decidido a vender los favores sexuales de su hija a cambio de un módico precio.

La herencia del viejo continente en las infraestructuras de unos Estados Unidos que intentan vencer éste tipo de conductas mediante la represión más inverosímil y, en el fondo, estéril. Eyes Wide Shut es, por consiguiente, la película testimonial no únicamente de su director sino de todo un siglo, cuyas luces y sombras se resumen perfectamente en la confusión y el aturdimiento del individuo. Algo que Kubrick refleja con magistral acierto.

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