Críticas de Películas


'Entrevista con el vampiro', las crónicas vampíricas de Jordan

Un lujoso paseo por el mundo oscuro




Autor: Tomás Fernández Valentí
'Entrevista con el vampiro', de Anne Rice (o 'Confesiones de un vampiro', como se titulaban sus primeras ediciones españolas), no es una mala novela, pero sin lugar a dudas su calidad literaria no se encuentra a la altura de su extraordinaria popularidad, sobre todo en los Estados Unidos, donde es una intocable pieza «de culto» desde el momento mismo de su primera edición en 1976, año en el que Paramount ya llevó a cabo un primer intento de adaptación cinematográfica que contaba con guión de Frank DeFelitta y cuyos protagonistas iban a ser nada menos que Mick Jagger (Louis), David Bowie (Lestat), Jon Voight y Peter O' Toole, bajo la dirección del británico Nicolas Roeg.
Paradojas del mundo del cine, otro realizador procedente de las Islas Británicas, el irlandés Neil Jordan, acabaría haciéndose cargo de Entrevista con el vampiro, ambiciosa superproducción de Warner Bros., con la que el autor de Mona Lisa tuvo que lidiar con no pocas dificultades y cortapisas, la primera de ellas la discutible calidad del libro de Rice que el cineasta debía respetar al máximo, de cara a no defraudar a sus numerosísimos admiradores.
Aunque el guión de la película figura escrito por Rice, lo cierto es que el mismo fue obra de Jordan. Según parece, la escritora había hecho un par de guiones de cara a una adaptación cinematográfica de Entrevista con el vampiro sobre los cuales el productor David Geffen y Jordan empezaron a trabajar, a pesar de que no les gustaban. «Los guiones de Anne Rice no son satisfactorios, no resultan cinematográficos-declararía Jordan-.
Creo que no ha debido escribir anteriormente muchos guiones y esa inexperiencia se nota porque resultan extremadamente teatrales». A tales efectos, Jordan escribió en solitario un tercer guión que sería el definitivo. Sin embargo, Rice logró salir beneficiada de la decisión arbitral adoptada al respecto por la Writers Guild of America, porque Jordan no pudo demostrar que había reescrito al menos 2/3 de un guión ya existente para tener derecho a su crédito como guionista.
Por suerte, su lectura de Entrevista con el vampiro es, en muchos sentidos, superior a la novela de Rice en la que se inspira: allí donde la escritora ofrece una visión lánguida y existencial sobre la tragedia de unos seres que sufren la inmortalidad más como una condena que como un bendición, Jordan prefiere en cambio adentrarse en el mundo de los vampiros con una mezcla de fascinación y de malsana curiosidad hacia el entorno recargado y decadente por el que se mueven sus insólitos personajes.
El resultado es una película que, por encima de sus (inevitables) servidumbres de superproducción hollywoodiense, en ocasiones parece hecha en contra de esas mismas cortapisas, e incluso contra las convenciones del género en el que se inscribe, logrando transformar en virtudes aquello que, en manos menos habilidosas, podrían haberse convertido fácilmente en defectos.
No es ningún secreto para nadie que la presencia de Tom Cruise es una concesión a la comercialidad, algo que se hace patente sobre todo en las escenas finales, ausentes en la novela de Rice y añadidas aquí para darle un poco más de cancha a su estrella protagonista (las cuales, a pesar de su carácter de pegote, no dejan de tener cierta gracia: Lestat ataca al entrevistador -Christian Slater-, toma el volante de su descapotable y escucha por la radio una versión de Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones, versionada por Guns'n' Roses).
Mas a pesar de que el famoso astro resulta completamente inadecuado para el personaje del hedonista vampiro Lestat (Rice confesaría que, cuando escribía su novela, siempre había imaginado a Rutger Hauer como el intérprete idóneo para Lestat), no es menos cierto que su labor interpretativa se revela por momentos esforzada y no exenta de sentido del riesgo.
Por otro lado, Cruise cuenta con el apoyo de la buena labor de sus compañeros de reparto, desde el siempre efectivo Stephen Rea como el rencoroso no-muerto Santiago a la brillante performance, sorprendentemente madura, de la pequeña Kirsten Dunst como Claudia, la vampiresa atrapada en un cuerpo de niña, pasando por un correcto Antonio Banderas como el vampiro cuatro veces centenario Armand y, contra todo pronóstico, un Brad Pitt más entonado que de costumbre como el vampiro con remordimientos de conciencia Louis, de hecho el auténtico protagonista de relato.
También es verdad que, en ocasiones, Jordan se recrea en la exhibición de los lujosos escenarios creados por Dante Ferretti (la decoración pretende apabullar, y lo consigue), pero también sabe extraer el necesario partido de los mismos, enfocándolos a la consecución de un clima entre malsano y cotidiano. Hay que anotar al respecto los excelentes travellings con que se abre el film: el travelling aéreo que desciende sobre un plano general nocturno del puerto de San Francisco, y el que le sigue a continuación, recorriendo a ras del suelo la fauna de borrachos, vagabundos y marginados urbanos que llenan las calles hasta detenerse en la fachada del edificio por cuya ventana se asoma. un vampiro: Louis (una ingeniosa manera de contraponer, por un lado, los «horrores» cotidianos de una gran ciudad y, por otro, los «horrores» sobrenaturales que esa misma gran ciudad también puede cobijar).
Asimismo, merece una mención la resolución del viaje de Louis y Claudia por Europa a través de una elipsis visual -que parece inspirada en el Scorsese de La edad de la inocencia- en base a los tenebrosos dibujos que hace la pequeña vampiresa. En particular, la concepción del decorado del Teatro de los Vampiros de París, que enlaza coherentemente con la manera como los no-muertos gobernados por Armand disimulan su condición a los ojos del mundo, escenificando un espectáculo macabro que se diría inspirado en los auténticos shows macabros que se celebraban en el Teatro del Grand Guignol parisino en la época retratada en la película de Jordan (y gracias a los cuales se acuñaría la expresión «granguiñolesco»).
Finalmente, hay momentos en que Entrevista con el vampiro parece ir en contra de muchas de las convenciones del cine de terror: la película no pretende «asustar» en primera instancia, sino más bien ofrecerse ante el espectador como un lujoso paseo por un mundo oscuro, tenebroso y decadente, descrito en ocasiones con buenas pinceladas de humor negro (véanse algunas de las escenas protagonizadas por Lestat, Louis y Claudia, sorprendidos en actitudes cotidianas marcadas, irónicamente, por su condición de vampiros: las muertes de la sastra o del profesor de piano; el cuerpo de mujer que, como un perverso juguete roto, esconde Claudia en el armario).
Eso no significa, por descontado, que cuando conviene el film no sepa «asustar», recordándonos que a fin de cuentas estamos asistiendo a una especie de cuento cruel sobre bebedores de sangre y seres inmortales que viven para asesinar y asesinan para vivir, y que forman «familias» disfuncionales o se agrupan en torno a inquietantes compañías de teatro: ahí están secuencias concebidas a modo de verdaderas sinfonías del horror, como la pelea de Lestat contra Louis y Claudia después de que estos últimos hayan intentado envenenarle (con esa memorable aparición del putrefacto Lestat tocando el piano) o el extraordinario momento en que Louis es encerrado en un ataúd de hierro mientras Claudia y Madeleine (Domiziana Giordano) son condenadas a morir abrasadas por la luz solar: el momento en que Louis descubre los cadáveres calcinados de Claudia y Madeleine, los cuales se deshacen apenas los roza, es una de las imágenes más bellas legadas por el cine fantástico de estos últimos años.
Entrevista con el vampiro es una película que va ganando con el paso del tiempo, más allá de las estériles polémicas que envolvieron su preparación.
































