Críticas de Películas

'El tercer hombre', pero, ¿quién mató a Harry Lime?

Carol Reed presenta un filme propio de la mitología cinematográfica

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'El tercer hombre', pero, ¿quién mató a Harry Lime?

Autor: Christian Aguilera

La mítica que envuelve a una determinada película generalmente parte de cuestiones insondables, aspectos que escapan del dictado de la lógica para situarse en un terreno repleto de interrogantes. El porqué El tercer hombre sigue siendo un título que ha vencido todo tipo de barreras temporales y se sitúa por derecho propio en un lugar destacado de la «mitología» cinematográfica se debe a una serie de afortunadas decisiones y una serie de coincidencias, la primera de las cuales se daría al compartir proyecto nuevamente Carol Reed y Graham Greene tras la experiencia conjunta en El ídolo caído (1948).

Al tomar en consideración que Greene sigue encaramado en los primeros puestos de escritores que han merecido una mayor proporción de obras adaptadas al celuloide, se debe tener presente su condición de crítico cinematográfico, una especialidad que practicó en los años treinta y en buena parte de los años cuarenta. Más que otros escritores coetáneos, Greene se podía sentir un privilegiado al tener conocimiento de primera mano de infinidad de historias inmortalizadas en el celuloide que, por algún detalle del plot podría sugerir, si acaso de forma inconsciente, el punto de partida de una futura novela o relato.

Al menos por lo que alcanza mi conocimiento, esa vinculación entre la labor crítica de Greene y la faceta que le hizo célebre, la de escritor de narrativa, ha quedado en una zona de penumbra, prácticamente ausente a la hora de emitir un juicio preciso sobre el verdadero origen de sus textos literarios traducidos a múltiples idiomas. El tercer hombre, sin embargo, rompería esa norma de estrenarse el film antes que verse publicada la novela homónima.

En realidad, Greene había concebido una historia que derivaría en un guión cinematográfico. Pero la «novelización» de la historia se daría después de que el film se ganara el aplauso del público.Greene había vestido su historia como si se tratara de una obra enteramente original, pero en verdad su labor de crítico le había puesto sobre la pista de dos títulos que tuvo en buena estima: Persecución en la noche (1947) y sobre todo The Mask of Dimitrios (1944). Con guión de Eric Ambler, esta última presenta un desarrollo argumental parejo al de El tercer hombre: se localiza en una playa de Estambul el cuerpo sin vida de Dimitrios Makropulos (Zachary Scott), un contrabandista de la zona al que la policía turca le seguía los pasos.

Entonces, entra en juego un novelista llamado Leyden (Peter Lorre), quien parece interesado en escribir una historia sobre el finado Dimitrios. En su viaje por distintos puntos de la Europa Central Nayden entabla amistad con el Sr. Peters (Sydney Greenstreet), un individuo que le revela aspectos que desconoce sobre la vida del contrabandista.

Es fácil, por tanto, identificar un trazo común entre The Mask of Dimitrios y El tercer hombre. Para despejar cualquier duda de que el «ascendente» de El tercer hombre es el film dirigido por Jean Negulesco, Cornelius Leyden se nos presenta como un escritor decidido a abordar una historia en torno a Dimitrios; no cabe duda que Holly Martins(Joseph Cotten) favorece a la idea que escriba sobre otro contrabandista, que en su caso le había unido una amistad, pero es algo que parece más sugerido que explicitado. No en vano, en la capacidad de sugerir de El tercer hombre descansan las virtudes del film.

En la firme disposición deabandonar definitivamente la práctica que le había tenido ocupado (a tiempo parcial) durante una quincena de años, Graham Greene casó esa historia desarrollada en la gran pantalla a partir de un guión de su compatriota Eric Ambler con la propuesta de Alexander Korda por crear una ficción cinematográfica partiendo de la base de un «personaje» con un «estado de ánimo» singular: una Viena que había sufrido las embestidas de la Segunda Guerra Mundial, creando un caldo de cultivo propicio para la presencia de contrabandistas.

A partir de tener la estructura del relato bastante claro, Carol Reed, el director propuesto por Alexander Korda con la anuencia de Greene, se mostró resuelto a dirigir El tercer hombre porque, entre otras consideraciones, le permitía seguir trazando una línea de puntos común al grueso de su filmografía (en especial, la que estaría por llegar): la de individuos desplazados de su país de origen, que operan en una nación que les resulta extraña en muchos aspectos (El desterrado deterrados de las islas, Se interpone un hombre, Nuestro hombre en La Habana, etc.)

Amén de estos aspectos, basta revisar sus films anteriores a El tercer hombre para darnos cuenta de la idoneidad de Reed para resolver una historia como la propuesta en su guión por Greene: el cineasta británico extrae al máximo partido de una ciudad que toma rango de «personaje»; la vulnerabilidad que invade al personaje de Holly Martinsno podía tener mejor correspondencia que un entorno en construcción, una mirada claustrofóbica sobre Viena que alcanza su cénit en las secuencias de las alcantarillas.

A propósito de las mismas, se ha querido avivar la idea de la «autoría» compartida ?desde el prisma meramente cinematográfico? entre Carol Reed y Orson Welles siendo, a juicio de algunos, el responsable de la planificación de esas secuencias que se corresponden con las del clímax de El tercer hombre. Difícilmente Welles hubiera concebido estas escenas en las entrañas de la capital austríaca cuando éste evitaba a toda costa rodar allí (incluso los dedosque sobresalen de una de lassalidas se corresponden con los del propioReed).

Tampoco el barroquismo formal al que se atribuye la «paternidad» a Welles le daría la credencial de autor en El tercer hombre por cuanto Reed ya había recurrido a las inclinaciones de cámara en Larga es la noche (1947) y El ídolo caído, aunque de una forma más dosificada. Evidentemente, la impresión que supone contemplar en un mismo plano a Joseph Cotten y Orson Welles ?en la secuencia del parque de atracciones, que Greene creó teniendo en perspectiva donde acontece Persecución en la noche? crea una extraña ilusión de situarnos nuevamente en el escenario de Ciudadano Kane (1941).

Welles conserva aún ese poder de atracción, de fascinación que presenta su mirada aviesa pero, al mismo tiempo, teñida de bondad ?el plano americano que, en plena noche, la luz de un inmueble ilumina su cara mientras Holly le reconoce desde la distancia, habla por sí solo de este carácter ambivalente?. El tercer hombre asumió riesgos al postergar la presencia del personaje de Lime hasta cumplirse la hora de película.

Esta decisión hubiera podido ser contraproducente para el objetivo final que perseguía el film, pero la historia ya «preparaba» al espectador para que entrara en otra dimensión, la que corresponde al mundo de Harry Lime... un mundo habitado por claroscuros y con el fatalismo como idea de base. Pero lejos de favorecer a una catarsis, la muerte de Limese fusiona conla ironía que destila a lo largo y ancho de la película: asistimos a un doble entierro -desde la perspectiva de los asistentes a cada una de ellas- de una misma persona.

El último, el que compromete al verdadero Lime, se ofrece en la parte final, pero el colofón corresponde a ese plano fijo de dos minutos en el que Anna (Alida Valli) desatiende cualquier tentativa de involucrarse sentimentalmente con Holly y pasa frente a la cámara con la seguridad de descubrir en su rostro que su verdadero amor -Harry- viaja con ella en el recuerdo. Greene hubiera preferido un happy end pero Carol Reed, con buen criterio (el mismo que le había llevado a contratar a Anton Karas para conformar una banda sonora con un solo instrumento: la cítara), lo desestimó.

El tiempo acabaría dándole la razón, contribuyendo a que El tercer hombre se perpetuara -primero ante los ojos del público británico y posteriormente los de otras latitudes- como un clásico muy discutido por algunos críticos de la época, pero que hoy en día son pocas las voces que siguen cuestionando sus aciertos, fruto de una cadena de casualidades (el encuentro fortuito con el músico local Anton Karas fue una de las más celebradas a posteriori) y decisiones afortunadas, entre éstas, la posibilidad de contar con Orson Welles, el único Harry Lime posible.

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