Críticas de Películas


'El proceso Paradine', la sombra de una duda

Juguetón thriller judicial para el que Hitchcock tuvo la ayuda de su esposa




Autor: Albert Galera
Última de las legendarias colaboraciones entre dos de los mayores titanes de la historia del cine: el productor norteamericano David O. Selznick y el realizador británico Alfred Hitchcock. La novela homónima de Robert Hichens de la que Selznick se había sentido atraído desde su publicación en 1933, significó el embrión gracias al cual se acabó dando a luz El proceso Paradine, un thriller judicial juguetón construido gracias a la perspicaz adaptación realizada por Alma Reville, la influyente esposa de Hitchcock.
Durante la primera parte de la película, Hitchock confecciona un morboso y tórrido estudio de personajes, regocijándose en su gran obsesión sexual. El abogado protagonista, cuya apariencia es la del marido perfecto, fiel esposo, educado y excelente letrado, no puede más que rendirse hacia los (irresistibles) encantos de su cliente, acusada del asesinato de su esposo invidente, provocando la desilusión de su esposa, resignada ante lo evidente pero dispuesta a luchar por recuperar el amor de su marido mediante estrategias psicológicas.
En ese tramo inicial del film,el cineasta inglés se permite una morbosa licencia recreándose en su consabida pasión hacia las mujeres rubias, y aunque siempre quería reconocerse en sus héroes y atractivos protagonistas, se sincera más que nunca con su auténtico alter ego, el juez que interpreta Charles Laughton, cuando éste babea literalmente y casi acosa a la esposa de Gregory Peck, interpretada por la rubia actriz británica Ann Todd. Tras esos escarceos de sinceridad abiertamente sexual y una vez realizado su habitual y fugaz cameo, Hitchock se centra en lo más trascendental del relato y la celebración de ese juicio que maneja con una sobriedad tremenda, creando un interés in crescendo por conocer la verdadera culpabilidad o inocencia de la acusada y la estrategia y comportamiento de un abogado igualmente cegado por el atractivo de una mujer inclasificable.
La autoridad hitchcockniana de esta película siempre se ha puesto en entredicho, no en vano la sombra de Selznick era demasiada alargada como para considerarla como una película de autor. El megalómano productor de Lo que el viento se llevó (1939) o Rebeca (1940) impuso la presencia de Gregory Peck, desobedeciendo la petición del realizador, que quería a Laurence Olivier para que se transformara en el apasionado abogado británico.
Hitchcock se sintió dañado ante tal decisión porque su retorno británico, aunque fuera mediante una producción norteamericana, incorporaba un concepto mucho más personal a su etapa extranjera y el hecho de contar con un actor americano impuesto no le hacía la menor gracia. Menos discutida fue la vertiente femenina del reparto, que supuso un doble debut hollywoodiano, con Alida Valli -lo más parecido a la Marlene Dietrich italiana y sustituta de la inicialmente prevista Greta Garbo, que muy a pesar de Selznick no acabó de cuajar en la meca del cine-, y la británica Ann Todd -probablemente demasiado fría para exaltar al público de la época y actriz que acabó dirigiendo documentales por medio mundo.
No obstante, la actriz que mejor acabó cuajando fue la estupenda Ethel Barrymore, esposa del juez interpretado por Laughton, con una breve pero significativa interpretación que le valió la única nominación al Oscar obtenida por la película, la correspondiente a la mejor actriz de reparto.
El proceso Paradine nunca ha gozado de la acogida positiva que han recibido la mayor parte de películas que conforman la memorable etapa americana del mítico realizador. En su época fue mal recibida y sus acérrimos seguidores nunca la han considerado como uno de sus principales títulos. Si bien es cierto que probablemente estemos ante un Hitchock menor, también es verdad que es una película sumamente interesante y que firmada por cualquier otro director significaría una de sus mejores películas.
Asimismo, éste es uno de esos títulos que mejoran con el paso del tiempo, y hoy en día se valora mucho más su atrevimiento de diálogos y la capacidad formal, especialmente por lo que se refiere a algunas secuencias realizadas en el interior del juzgado, con unos pioneros usos de travellings circulares creando una especie de aura angelical alrededor de la hipnótica y estática presencia de la acusada Valli.
































