Críticas de Películas


'El planeta de los simios', la obra impersonal de Burton

Esta película no es un remake y ganará brillo dentro de unos años




Autor: Joaquín Vallet
El planeta de los simios se realiza, finalmente, por Tim Burton después de una accidentada andadura a lo largo de los años. Cabe recordar que éste fue un proyecto acariciado por cineastas como James Cameron o Arnold Schwarzenegger, pero que se iría dejando de lado infinidad de ocasiones hasta que Tim Burton se hizo cargo del mismo, quizá impulsado por el deseo de abrir nuevas vías a su estilo cinematográfico (algo que también acometería en su posterior Big Fish) o por resarcirse del fracaso económico de Mars Attacks!, cuyas dimensiones no fueron íntegramente cubiertas por el éxito económico de Sleepy Hollow.
Esta nueva versión de la novela de Pierre Boulle, aún hoy, es el título que mejor ha funcionado en taquilla de todos los acometidos por el cineasta aunque, contrariamente, la respuesta crítica dilapidó sin la menor consideración posible, el resultado.
Como Tim Burton se encargó de explicar hasta la saciedad, éste no es un remake de la película dirigida por Franlin J. Schaffner en 1968. Aunque el punto de partida sea esencialmente el mismo, el mensaje y las intenciones de ambas versiones van por caminos muy distintos.
De hecho, si de algo se sirve el cineasta respecto al film anterior es para subvertir un buen número de aspectos aparecidos en ella para dar forma a un discurso, igualmente misántropo, aunque mucho más en consonancia con los tiempos presentes. No es nada casual, ni tampoco ningún tipo de «guiño cinéfilo» el hecho de que la mítica frase pronunciada por Charlton Heston en la película precendente, «quita tus sucias patas de encima, mono asqueroso» sea parafraseada en boca de un simio en la cinta actual, así como la breve intervención del veterano actor, dando vida a un legendario primate que, antes de morir, exclama el «Yo os maldigo» con el que daba fin la versión del 68.
Todo ello va más allá de un aparente juego de intertextualidades para convertirse en la clave de las intenciones de Tim Burton: la sociedad simia deja de estar concebida como una aparente utopía que ha asimilado los catastróficos errores a los que se ha visto abocada la raza humana, con el fin de evitarlos y concebir una forzada utopía.
Por el contrario, Burton centra su atención en la exposición de un modelo de sociedad marcadamente clasista donde el poder se halla fusionado entre la cúpula militar y la institución religiosa, concibiendo una civilización teocéntrica en la que el temor se convierte en la base del poder y la agresión en su más acérrimo concepto de la fortaleza.
Evidentemente, todo ello va mucho más allá de una simple idea cinematográfica ya que, en el fondo, ésta es una visión nada complaciente y verdaderamente sangrante de unos Estados Unidos que comparten varios de los preceptos mostrados en la sociedad simia. Su carácter simbólico es, por consiguiente, mucho menos explícito que el de la versión de Franklin J. Schaffner y, por ello mismo, la capacidad de inmersión en los aspectos más negros de la sociedad actual se encuentra mucho más enraizada al despegarse de elementos humanistas o, directamente, filosóficos.
A este respecto, la figura del simio también ofrece una variación digna de tener en cuenta. En la versión de Schaffner era una especie que había evolucionado, pero siempre estaba expuesta teniendo en cuenta su condición atávica y desvinculándola totalmente del género humano. En la de Burton nos aparece como metáfora del propio hombre exteriorizando sus rasgos más iracundos e irracionales; es decir los que. trasncurran los siglos que sean, continúan emparentándolo con el reino animal.
Salvo el personaje de Helena Bonham-Carter, todos los simios son poseedores de las peores características habidas en la idiosincrasia humana (el despotismo, el engaño, la codicia, el afán de poder,.) sin ser conscientes de ello, ni mucho menos intentar mitigarlas o hacerlas desaparecer. Un tratamiento inexistente en la versión de 1968.
A tal efecto, la figura de Mark Wahlberg se revela extrañamente kafkiana al aparecer como un personaje constantemente sumido en el más absoluto desconcierto, en una situación que le es totalmente incomprensible y, por consiguiente, imposible de controlar. Todo ello en las antípodas del escéptico y autosuficiente Charlton Heston de la versión de Schaffner quien, en el fondo, no era más que la personificación de un período histórico en la frontera de la autodestrucción.
Acusada de impersonal, El planeta de los simios resulta, asimismo, una pieza que mantiene directas relaciones con varios de los temas habituales en el cine de Tim Burton aunque su aspecto de ampulosa producción y, también, el hecho de no encontrarse tan subrayados como en otras piezas del cineasta puede llevar a la idea (equívoca) de que el nivel de «autoría» del cineasta queda rebajado para la ocasión.
Si una de las bases temáticas del estilo del cineasta es el protagonismo de los seres marginales que no logran adaptarse a una coyuntura que les da la espalda (Batman y sus enemigos en el díptico sobre el superhéroe, Eduardo Manostijeras, la troupe de freaks que acompaña a Ed Wood, etc.), ello se encuentra más que presente en El planeta de los simios aunque ampliando y radicalizando las formas al convertir al ser humano en su conjunto en una raza inadaptada condenada a la subordinación.
No es gratuíto (asimismo, a diferencia del film de Schaffner) que, en esta ocasión, los humanos posean el don del habla y sean capaces de comunicarse marcando, mediante este detalle, una de las claves de la obra de Burton: que la escisión entre lo «normal» y lo «anormal» es un elemento artificioso, sin ningún tipo de lógica posible ni a nivel físico ni intelectual, tan difuso como execrable e injusto (una tesis, dicho sea de paso, compartida con uno de los cineastas más importantes para asimilar la trayectoria de Burton, Tod Browning con quien comparte algo más que las iniciales).
De igual manera, su cínica visión de la condición humana acaba por apoderarse de la práctica totalidad del film, acercándolo, en su esencia, a la sátira sangrante y apocalíptica de Mars Attacks!, es decir bebiendo de influencias propias, antes que a cualquier tipo de elemento refrencial superfluo y, mucho menos, a la versión de Franklin J. Schaffner.
Combinando todo ello con una sorprendente fidelidad a la novela original de Pierre Boulle, El planeta de los simios es, sin ningún género de dudas, una de las películas que peor se han «visto» del cine contemporáneo.
Es lógico que el recuerdo de la imponente versión protagonizada por Heston haya circulado subrepticiamente por la mente de cualquier espectador pero, como creo que se ha expuesto a lo largo de este escrito, las diferencias entre ambos films son demasiado grandes como para condicionar una valoración. El planeta de los simios de Tim Burton es una película magistral a la que posiblemente el paso del tiempo hará verdadera justicia.



















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