Críticas de Películas

'El Dorado', un wéstern de resistencia

'Un poco de Río Bravo con un poco de Río Rojo'

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'El Dorado', un wéstern de resistencia

Autor: Tomás Fernández Valentí

Se ha dicho hasta la saciedad: El Dorado es una variante de lo ya enunciado por Howard Hawks en Río Bravo(1959). Repitamos de nuevo que hasta el propio Hawks afirmó, antes de empezar su rodaje, que El Dorado «es "Río Bravo" de nuevo, con un poco de "Río Rojo"» (en una entrevista a Axel Madsen; «Cahiers du Cinéma», núm. 172, noviembre de 1965, pág. 10).

Quim Casas ya se encargó de elaborar un completo ensayo comparativo entre Río Bravo y El Dorado en su libro sobre el cineasta, aclarando incluso que «las dos películas parten de argumentos distintos, ya que Hawks, Furthman y Brackett confeccionaron la historia de "Río Bravo" mientras que "El Dorado" se basa en una novela de Harry Brown, "The Stars in their Courses", que fue despojada por Hawks y Brackett de todos sus atributos de tragedia para convertirla en una variación de la anterior película».

Lo que interesa recalcar aquí es el carácter de El Dorado como western de resistencia en un momento en que el género estaba tomando, sin posibilidad de marcha atrás, unos derroteros cada vez más alejados del clasicismo.

Puede resultar fácil pensar que la presencia de sus ya veteranos personajes protagonistas, el pistolero Cole Thornton (John Wayne) y el sheriff de la localidad de El Dorado J.P. Harrah (Robert Mitchum), profesionales «de los de antes» como no podía ser menos tratándose de Hawks, está dirigida a establecer un crudo contraste con el joven que encarna James Caan y que, en un momento dado, se une a Thornton y Harrah en su aventura: un muchacho impulsivo que responde al apodo de Mississippi, dada la extravagancia de su verdadero nombre y apellidos -Alan Bourdillon Traherne-, lleva puesto un feo sombrero en recuerdo de su padre adoptivo -cuyo asesinato busca vengar-, y como ni siquiera sabe usar un arma de fuego -aunque es extraordinariamente hábil con el cuchillo- Thornton acaba consiguiéndole un fusil de cañones recortados ideal para malos tiradores (Nota bene: ¿hay en el personaje de Mississippi una ladina venganza del realizador hacia cierta tendencia del western de los sesenta por los héroes jóvenes?; recordemos la feroz opinión que le merecían a Hawks títulos como El zurdo, de Arthur Penn: «Hay gente que ha intentado cosas estúpidas, como una película titulada "El zurdo", que comparaba a un pistolero del Oeste con un drogota moderno, o algo así»; recogido por Jim McBride en «Hawks según Hawks». Ediciones Akal, S.A. Madrid, 1988. Pág. 130).

Pero si bien ese contraste entre viejos y jóvenes, entre veteranía e inmadurez, es una de las claves del relato, hay muchos otros que contribuyen a dotar a El Dorado de su carácter abierto y ambivalente. A pesar de su fidelidad por el viejo estilo de hacer westerns, Hawks tenía la suficiente lucidez para reconocer que los tiempos habían cambiado. De ahí que los personajes de Thornton y Harrah, o el del ayudante de este último, Bull Harris (Arthur Hunnicutt), estén vistos con evidente simpatía por lo que tienen de representantes de «los buenos tiempos», pero también con notable amargura. En el primer tercio del relato, Thornton recibe una bala -disparada por. ¡una mujer!: Joey MacDonald (Michele Carey)- que se aloja cerca de su espina dorsal, y como la misma no puede extraerse si no es sometiéndose a una operación que ningún médico de los alrededores es capaz de practicar, la lleva metida en el cuerpo y, de vez en cuando, le provoca ataques de parálisis que le dejan indefenso.

Por su parte, Harrah, víctima de un desengaño amoroso, ha empezado a beber en exceso hasta convertirse en un alcohólico, lo cual le granjea además las crueles burlas de Bart Jason (Edward Asner), el cacique que tiene dominado al pueblo con el apoyo de su banda de hombres armados y la ayuda del asesino a sueldo Nelse McLeod (Christopher George).

Por otro lado, del mismo modo que Thornton y Harrah están mostrados con cierto patetismo -esa mirada patética sobre los héroes clásicos del género que tan bien sabría reflejar Henry Hathaway en Valor de ley(1969)-, también hay en Mississippi una inocencia a ratos muy conmovedora. Esa dicotomía entre lo viejo y lo nuevo, entre el romanticismo de las formas clásicas del western y la violencia que durante los años sesenta fue impregnando al género desde distintos frentes (el eurowestern, por descontado, pero también buena parte del western hollywoodiense de la época), constituye el principal valor de El Dorado, una película que oscila brillantemente entre registros y tonos de lo más dispar, sin que el conjunto parezca disperso o incoherente.

Llama la atención de qué manera es capaz Hawks de pasar de situaciones decididamente cómicas -buena parte de lo relativo al personaje de Mississippi: su historia de amor a golpes con Joey, típicamente hawksiana, o esa escena en la que noquea a uno de los hombres de Bart Jason haciéndose pasar por. chino; en particular, la hilarante secuencia en la que Thornton, Mississippi y Bull obligan a Harrah a ingerir un repugnante brebaje para quitarle la borrachera a momentos de una tensión y crudeza difícilmente superables.

Hay que anotar al respecto la extraordinaria secuencia en la que Thornton visita a Bart Jason en su rancho y, delante de numerosos hombres armados, rechaza su oferta para trabajar como pistolero a sus órdenes (resulta inolvidable ese gesto de Thornton, haciendo que su caballo cabalgue hacia atrás a fin de no darles la espalda a sus enemigos); el dramático episodio en el que Thornton hiere, en defensa propia, al joven Luke (Johnny Crawford), hijo menor de los MacDonald, quien le ha disparado precipitadamente al dar la alarma a su familia e, incapaz de soportar el dolor de su vientre agujereado, se suicida con su colt; la secuencia en la que Thornton ve por primera vez a Mississippi, haciendo frente a McLeod y sus compinches porque uno de estos últimos fue el asesino de su padre adoptivo y acabando con aquél con un cuchillo lanzado contra su pecho; la pelea nocturna por las calles de El Dorado de Thornton, Harrah, Mississippi y Bull contra los pistoleros de Bart Jason, que culmina en el admirable tiroteo en el interior de la iglesia.

A pesar de la atmósfera distendida y amistosa que flota en muchos momentos del relato, El Dorado es, como El hombre que mató a Liberty Valance (1962) y la posterior Valor de ley, una obra que anuncia la decadencia de los clásicos, pero, a diferencia de John Ford, Hawks no intenta dinamitar las convenciones del western ni, como luego hará Hathaway, mostrar el aspecto más patético de los viejos héroes del género, sino que asume su condición anacrónica con un elevado sentido de la dignidad: en el final de El Dorado,

Thornton y Harrah, heridos y con muletas, pasean triunfantes por las calles de ese pueblo que han pacificado «al viejo estilo», seguidos por un travelling tan lento como sus pasos y, al mismo tiempo, igual de orgulloso.

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