Críticas de Películas

'El día de los tramposos', una osadía absoluta de Mankiewicz

El único western del aclamado director está a la altura de lo esperado

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'El día de los tramposos', una osadía absoluta de Mankiewicz

Autor: Christian Aguilera

A priori, el nombre de Joseph Mankiewicz asociado a una producción que se desarrolla en una penitenciaría del interior de los Estados Unidos y que remite, en algunos aspectos formales, al terreno del western, puede resultar sinónimo de director que debió buscar cobijo en algún proyecto tras la frustrante experiencia de Cleopatra (1963) y la más que discreta acogida comercial de Mujeres en Venecia (1967).

Una situación que pudiera venir avalada por la aceptación de Mankiewicz a filmar a partir de un guión ajeno, concretamente el del tándem Robert Benton-David Newman, integrantes de la plantilla de la popular revista 'Esquire' y que obtuvieron acomodo en la industria del cine tras el impresionante éxito de Bonnie and Clyde (1967).

Contra viento y marea, Mankiewicz siempre había participado en la redacción de los guiones, firmándolos en solitario -por voluntad propia- o en equipo -por voluntad ajena-. El día de los tramposos podría arbitrarse, en este sentido, como el valor de la excepción y convocar a pensar que no guarda ligazón con el resto de su selecta filmografía.

No obstante, aun a sabiendas que esa actitud contracorriente que le caracterizó tenía fecha de caducidad en un marco cinematográfico ajeno a su idiosincrasia, pudo completar, ya en el tramo final de su carrera, la que podríamos denominar la «trilogía del cinismo», cuyos vértices serían Mujeres en Venecia, La huella (1972) y El día de los tramposos.

Esta última podría considerarse el paradigma del cinismo aplicado al cine de Mankiewicz, un elemento que recorre de arriba abajo el metraje del film, en la definición de unos personajes que tienen en Paris Pitman Jr. (Kirk Douglas) y el alcaide Woodward Loperman (Henry Fonda) la antítesis el uno del otro, operando a uno y otro lado de la ley pero que, en el fondo, representan las dos caras de la misma moneda.

La penúltima película dirigida por Mankiewicz responde a unos mecanismos de farsa por encima de cualquier otra valoración genérica, la más plausible, su adscripción al western en su vertiente desmitificadora, alineándose con propuestas coetáneas como Pequeño Gran Hombre (1970), Soldado azul (1970) o La balada de Cable Hoghe (1970).

En esencia, El día de los tramposos persigue dinamitar los resortes de una sociedad asentada en los principios del capitalismo y de la democracia a través de un personaje, el de Pittman, que ejerce de pivote, de hilo conductor del relato. Su zafiedad, inmisericordia e individualismo atroz dejan a las claras que no se trata de un personaje «positivo», pero en contraste con los mandos que rigen los destinos de la penitenciaría de Arizona, entre ellos, el nuevo alcaide Loperman, se nos revela simpático, evaluado desde una perspectiva de pícaro que no dista en demasía de los patrones de los personajes centrales surgidos de la literatura británicaen lossiglos XVI y XVII.

Kirk Douglas, en su segunda colaboración con Mankiewicz -Carta a tres esposas (1949) le había propiciado un papel, el de profesor de instituto, a todas luces inadecuado-, contribuyó a hacer más atractivo a su personaje en el que presumía una de las últimas oportunidades por adecuar ciertos rasgos del Randle Patrick McMurphy de Alguien voló sobre el nido del cuco al de Paris Pittman.

Por aquel entonces, Kirk Douglas ya era consciente que la idea de llevar a la gran pantalla la novela de Ken Kesey con él enfundado en el personaje de McMurphy se iba disipando con fuerza a cada año vencido.

Por consiguiente, El día de los tramposos se nutriría en su proceso creativo de la aportación del rubio actor más allá de los cánones habituales, además de la intervención de Mankiewicz para la rúbrica de determinadas líneas de diálogo, aunque con la contrapartida de no aparecer en los créditos bajo el screen by.

De esta desigual contribución nacería una producción que, desde su estreno mundial, se vio privada de cuarenta minutos de su metraje inicial. Mankiewicz, escaldado por enésima vez ante esta práctica mercantilista que erosionaba los intereses de los creadores de la obra, abjuraría del montaje que repercutió en pantalla.

Pero con todo este déficit de metraje -que afecta en especial al personaje de Loperman- El día de los tramposos combina con maestría un discurso profundamente crítico -poniendo sobre el tapete el funcionamiento de las instituciones vehiculadas por el gobierno federal- con un tono de farsa que,a veces, se tiñe de comedia amarga tocada con un punto de humanismo (la imagen de los presos Cyrus McNutt / John Randolph y Dudley Whinner / Hume Cronyn resguardándose de la lluvia, que remite a una estampa típicamente chaplinesca).

La indiferencia crítica con la que fue acogido El día de los tramposos, casi cuarenta años más tarde queda un tanto en entredicho porque de las segundas lecturas que encierra se descubre hoy en día como una propuesta de una osadía absoluta por parte de Mankiewicz y del dúo Benton-Newman.

Una pieza que, en el caso de Mankiewicz, estaría a un par de años de poner el cierre a una singladura profesional tan excepcional como sujeta a «montajes alternativos» auspiciados por los productores de turno. El montaje de El día de los tramposos daría constancia de ello.

A la espera que algún día podamos disfrutar de la versión completa de There Was a Crooked Man... Crest Films nos ofrece por primera vez en DVD en una óptica copia que respeta el formato panorámico, el único «western» realizado por Mankiewicz.

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