Críticas de Películas

'El coleccionista', estudio sobre el alma femenina

Wyler ofrece una historia cargada de sensualidad, descrita con extremo tacto

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'El coleccionista', estudio sobre el alma femenina

Autor: Christian Aguilera

A tenor del éxito de algunos de sus trabajos, se sigue teniendo la percepción que William Wyler se manejaba con especial soltura en producciones de background, de espacios abiertos (Ben-Hur, Horizontes de grandeza, La gran prueba) en los que lucían con prestancia los formatos cinematográficos de la época.

Pero al igual que su amigo y coetáneo David Lean, el cineasta de origen alsaciano alternó estas grandes producciones que le granjearon prestigio mundial con historias de corte intimista. Las coincidencias con Lean van más allá de este carácter dual y en la mayoría de los films de Wyler nacidos a partir de obras teatrales o novelas con un fuerte componente psicológico, se centraría en el retrato femenino.

La última etapa de Wyler, pues, retoma la complejidad del mundo interior de las mujeres que, debido a problemas de censura, quedaron un tanto cercenadas en sus respectivos planteamientos de base (La loba, La carta, La señora Minivero, La heredera), pero sin dejar por ello de ser excelentes piezas de orfebrería rodadas en un periodo de especial inspiración para el director judío.

Acompañado por la buena recepción crítica que obtuvo La calumnia (1961) -una puesta al día de Esos tres (1936)-, William Wyler se fijaría en la primera novela escrita por John Fowles (1926-2005), El coleccionista. Se trata de un material literario que explora en el universo femenino tan del gusto de Wyler hasta el punto que algunos analistas como Craig Clarke se refieren a la ópera prima de Fowles «no tanto como la historia del coleccionista (Frederick) sino como la de la coleccionada (Miranda)».

En su traspaso a la pantalla cuatro años después de su publicación, El coleccionista equilibraría el peso de uno y otro, prescindiendo de aquellos elementos menos «cinematográficos» tales como el diario que escribe Miranda durante su cautiverio o las alusiones shakespearianas (Frederick prefiere que se dirijan a él por el nombre de Ferdinand, el personaje de La tempestad, manteniéndose en el guión, por el contrario, el de Miranda, hija de Próspero, en idéntica obra) que pudieran repercutir sobre la idea que, en realidad, el público se enfrentaba a una adaptación teatral.

Una sensación que, en buena medida, planea continuamente sobre el film de Wyler, más aún si cabe por su estructura en una serie de actos que van desgranando las debilidades de dos seres que invariablemente cambian sus puntos de vista, mudan sus caracteres como lo hacen las larvas que colecciona Frederick hasta alcanzar la edad adulta, desplegando sus alas con una infinidad de formas y colores. A diferencia de La huella (1972), que podría ser el referente más cercano al concepto «escénico» que descansa en el film de Wyler -inclusive, la aparición de un tercer personaje, el del vecino, un militar retirado (Maurice Dallimore) que se toma las atribuciones del agente de policía en la adaptación a cargo de Joseph L. Mankiewicz--, El coleccionista ofrece un preciso estudio sobre el alma femenina.

Es un film con una fuerte carga de sensualidad, descrita con un tacto extremo por parte de Wyler, sin recurrir a artificios y extrayendo de las miradas y de los gestos de ambos seres la mayor fuerza expresiva posible al servicio de una historia que, en manos de otro realizador, fácilmente hubiera podido caer en lo grotesco y en lo absurdo.

Revisada al cabo de los añosEl coleccionista, una vez más Wyler deja constancia de su maestría a la hora de colocar la cámara, de saber crear tensión entre los personajes a través de una sutil puesta en escena, confiando para la ocasión en dos intérpretes de nuevo cuño, Terence Stamp y Samantha Eggar -la visión de Psique 59 (1964) fue determinante para ser la escogida-, que saldrían airosos en su primer gran reto ante las cámaras.

No obstante, a mi entender, El coleccionista no logra alcanzar un valor supremo, mayestático debido a la tendencia --ya advertida en títulos anteriores de su realizador- de Wyler porapoyarse en exceso en los diálogos -el rostro de Miranda se superpone a una caja transparente que contiene unas mariposas disecadas mientras la chica refuerza con sus palabras lo que el espectador deduce por sí solo de esa composición- y de una inadecuada partitura a cargo de Maurice Jarre.

Seguramente convencido por las excelencias de sus trabajos con David Lean (Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago), sin olvidar su aportación al cine de Georges Franju, Wyler, claramente mermado en su aparado auditivo,debió darse cuentaque la música compuesta por Jarre no había sido la mejor posible para un film que se situaría en los estertores de una andadura profesional prácticamente intachable.

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