Críticas de Películas

'El apartamento', la vida privada de C.C. Baxter

Guión milimétrico y producción imperecedora dirigida por Billy Wilder

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'El apartamento', la vida privada de C.C. Baxter

Autor: Christian Aguilera

A la hora de armar un guión Billy Wilder tuvo, a tenor de los distintos remakes o readaptaciones que hizo a lo largo de su andadura profesional, en el mismo medio cinematográfico buena parte de su fuente de inspiración.

Algo menos evidente parece en el caso de El apartamento por cuanto los títulos de crédito no recogen referencia alguna al respecto. Pero Wilder dejó bien claro que la idea matriz del largometraje que le reportó un total de tres estatuillas -mejor dirección, producción y guión, en coalición, una vez más, con I. A. L. Izzy Diamond- se debió al visionado de Breve encuentro (1945).

La inmensa mayoría de los que acudieron a contemplar el film dirigido por David Lean se centraron en la relación sentimental suscitada entre la pareja protagonizada por Celia Johnson y Trevor Howard. Wilder, en cambio, tomó nota del personaje de Stanley (Dennis Harkin), el amigo del médico Alec Harvey (Howard) que le cede su apartamento londinense para poder citarse en secreto con Laura Jesson (Johnson).

En la privilegiada mente de Wilder iría fermentando una historia que, a principios de los años cincuenta, al calor de conocerse la noticia sobre la tentativa de homicidio del amante de Joan Bennett a manos de su por aquel entonces marido, el productor Walter Wanger, tomaría cuerpo en forma de script, listo para ser rodado en noviembre de 1959.

Mucho se especuló de cómo acontecieron los hechos en tornoal episodio quesituó al bordede la muerte a Jennings Lang, pero todo apuntaba a que éste y Bennett utilizaban como «nido de amor» un apartamento alquilado por uno de los empleados de las oficinas donde trabajaba el primero.

Pero Wilder parecía haber echado el cierre a su contribución a la serie noir y sus intereses se decantaban por conferir un relato impregnado de una inequívoca crítica social al centrarse en el dibujo de un personaje -«un rostro entre la multitud», como diría su coetáneo Elia Kazan- que busca un ascenso a cambio de ceder su apartamento a un cuarteto de distinguidos ejecutivos de la compañía donde trabaja.

Al entrar en el proyecto Jack Lemmon, recién aún su colaboración en Con faldas y a lo loco (1959), Wilder no tuvo más arrestos que crear un personaje, el de C. C. Baxter, bien próximo a su ideario sobre el que pivota toda la historia de El apartamento.

Un delicado equilibrio

A las puertas de cumplirse su cincuenta aniversario, El apartamento sigue situándose como un extraordinario logro cinematográfico a cargo de Billy Wilder y de su equipo de colaboradores. Una operación que, en su época, escapaba a la trivialidad ya que el público y, por consiguiente, los directivos de la United Artists esperaban que Wilder les ofreciera otra comedia desenfadada al estilo de Con faldas y a lo loco.

No obstante, El apartamento se sitúa en otro plano de acción, en el que se interconectan aspectos trágicos y dramáticos, eso sí, recorridos por un barniz provisto de la mordacidad y de la ironía marca de la casa «Wilder and Diamond». La virtud del tándem de guionistas nace de ese concepto de otorgar un factor universal a su cine a través de tomar una «muestra» de esa población inmersa en el mercado laboral -C. C. Baxter- y hacer que sus preocupaciones sean comunes para un amplio espectro de la misma.

La particularidad de Buddie Baxter radica en pretender que su ascenso llegará no por sus méritos profesionales sino por los favores que presta a un cuarteto de directivos de la compañía al cederles su apartamento como picadero, previo compromiso a que pueda tener acceso a una oficina con vistas al exterior.

Wilder y Diamond conciben un guión milimétrico nutriéndose de conceptos ya reproducidos en pantalla por otros cineastas -por ejemplo, King Vidor en ...Y el mundo marcha (1928) para las imágenes en las que el director artístico Alexander Trauner crea en perspectiva, merced a cajas y personas (incluidos enanos) de distinta altura, la planta de la oficina donde se emplea Baxter- o haciendo referencias a algunos títulos orquestados por el genio de origen vienés -las alusiones a Sheldrake (Fred McMurray) -el mismo nombre del productor que rechaza el guión de Sunset Boulevard- o Marilyn Monroe (La tentación vive arriba).

Por lo que concierne a esta adaptación teatral de la obra de George Axelrod, las conexiones son evidentes para con El apartamento, sobre todo en la fascinación que siente elcontable C. C. Baxter por Fran Kubelik (Shirley MacLaine), la ascensorista de la corporación dedicada a los seguros.

Con su habitual perspicacia, Wilder, sin abandonar el uso del scope, supo que, a diferencia de La tentación vive arriba (1955), El apartamento precisaba de una emulsión en blanco y negro en aras a marcar el dramatismo inherente, en especial, a una escena clave: la del intento de suicidio de Fran Kubelik al ingerir un montón de pastillas. Un tema que ya había tratado desde otra perspectiva en Sabrina (1954) y que volverían a planear en el desarrollo de la historia de La vida privada de Sherlock Holmes (1970).

Por lo sensible de la propuesta, El apartamento hubiera podido naufragar en un vaivén de situaciones que no parecían encajar en la mentalidad de unos espectadores dispuestos a dejarse seducir durante dos horas por una obra que llevara la rúbrica del artífice de Con faldas y a lo loco. Wilder y Diamond sortean con nota este «punto caliente» del relato fílmico a partir de una construcción dramática que siguiera a pies juntillas las indicaciones de asesores médicos -algo que evidentemente se percibe sin conocer este dato que recogen las biografías sobre el director-.

De la sabia elección de MacLaine para el rol de Fran dependía buena parte del éxito del film a esas alturas de la historia en el que se marca un punto de inflexión cuando está a punto de consumarse un suicidio. Pero asimismo cabe hacer mención de un conjunto de secundarios en estado de gracia: Jack Kruschen, como el doctor Dreyfuss, un personaje de ascendencia centroeuropea típicamente wilderiano; Naomi Stevens (Mildred Dreyfuss); Edie Adams, en su sibilina composición de secretaria de Sheldrake; Karl Matuschka, ejerciendo de taxista y cuñado de Fran (un guiño a Medianoche, uno de los trabajos más destacados de Wilder en su etapa en calidad de guionista asalariado de la Paramount), etc.

Sinembargo, indiscutiblemente El apartamento debe rendir honores a la labor desarrollada por Jack Lemmon, inconmensurable en una composición llena de matices y que, por distintas circunstancias, invita a creer que a partir de C. C. Baxter se moldearían, al corto y medio plazo, otros personajes en su carrera cinematográfica.

Así pues, esas escenas en las que trata de esconder cualquier artilugio que pueda llevar a Fran a otra tentativa de suicidio parecen vaticinar el estado de ansiedad que acompaña a Joe Clay en Días de vino y rosas (1962); los recursos culinarios que exhibe, raqueta de tenis en ristre, para colar los spaguettis (una idea imputable a Diamond) nos transportarán a las secuencias de La extraña pareja (1968); la imagen sentado en solitario en un banco mientras se levanta un vendaval a su alrededor tomará un sentido dramático parejo, de la mano del periodista deportivo Harry Hinkle, en En bandeja de plata (1966), e incluso la fonética del sobrenombre que recibe por parte de sus colegas, «Buddy Buddie» guarda una fonética idéntica al título original que puso el punto final a una carrera tocada por la magia de producciones imperecederas como El apartamento.

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