Críticas de Películas


'Drácula', clásico del terror

Fisher ofrece una obra atemporal revisando a Bram Stoker




Autor: Àlex Aguilera
Clásico indiscutible e insustituible del cine de terror de todos los tiempos, Drácula o mejor dicho, la versión que de esta novela de Bram Stoker hiciera Terence Fisher en 1958 (estrenada en España dos años después), continúa más vigente que nunca. Un cincuenta aniversario que coincide con esta edición totalmente completa, sin que difiera un ápice de la estrenada en su día en Estados Unidos -con el nombre de Horror of Dracula- y, dos semanas después, en Gran Bretaña.
En ambos casos, el éxito fue la consumación de un trabajo francamente cuidado y estudiado. Siguiendo la estela del goticismo que impregnaba la obra anterior de Fisher, La maldición de Frankenstein (1957), James Carreras, a la cabeza de la Hammer Films, quiso conferir idéntica dimensión a este relato de vampirismo, sadismo y pinceladas de erotismo, ausentes en la anterior adaptación de la Universal, la más teatral Drácula (1931), de Tod Browning.
Para tal menester se decidió aportar idéntico equipo técnico, ésto es, James Bernard, componiendo la elegante partitura musical; Bernard Robinson, en los impecables decorados; Jack Asher, en labores fotográficas; y, sobremanera, Jimmy Sangster, en facetas de escritura, ayudado en ocasiones por el propio Fisher y en determinadas escenas -como la parte final- por Peter Cushing.
Este último abriría, por vez primera en su carrera, los créditos que precedían a la filmación estática de una gran cruz que engalana una mansión, a partir de la cual, y en un excelente travelling, nos mostrará la dimensión real del lugar. En plena campiña inglesa se erige el castillo, en las inmediaciones del cual no se escucha ni el cantar de los pájaros, ante la inquietud que despierta el lugar en sí.
Lo anormal en el ámbito de lo normal constituye una de las premisas de estas adaptaciones de la Hammer. Escenarios victorianos rodados a plena luz del día con un gran sentido de la planificación por parte de un inspirado director llamado Terence Fisher, aquí en su mejor momento Las demás secuencias resultan igual de estilizadas, siendo una narrador externo (Jonathan Harker), quien relate los hechos acontecidos en el interior de esa maléfica mansión. La irrupción en escena en las escaleras de un apuesto maestro de ceremonias, Christopher Lee -llevando un anillo, propiedad de Béla Lugosi-, en su primer papel de relevancia en la gran pantalla, confiere al espectador una presencia excitante, descomunal, a la vez que elegante y sofisticada, dando más tarde, una sensación de estar poseído por una fuerza demoníaca capaz de cometer agresiones brutales con sus afilados colmillos.
Más tarde, conoceremos a su antagonista, Van Helsing, de forma bien distinta, de espaldas y adentrándose en una taberna de un pueblo cercano a la mansión, rodeado de ajos y de una hostilidad palpable. Las imágenes fluyen por si solas durante el metraje restante, arropado por la utilización de un color imperecedero y sumamente característico de la casa madre, Hammer Films.
Como muestra el detalle de unos ojos inyectados de rojo (la sangre como signo de poder y posesión) en los escasos primeros planos de Christopher Lee, al atacar a sus débiles víctimas (Mina y Lucy). Por su parte, las diferencias entre el guión de Jimmy Sangster y la novela de Bram Stoker (autor asimismo de La guarida del gusano blanco y representante en tiempos del actor Henry Irving) son notables.
El guionista británico reduciría bastante el farragoso texto original, sacando mayor partido de la obra teatral que inspirara el film de la Universal, Drácula (1931). La no transformación de Drácula en murciélago, como aparece descrito en la novela, se debió, principalmente, a problemas presupuestarios. En el libro, la luz no resultaba especialmente nociva, al contrario que en el film de Fisher.
Los veinticinco días de rodaje de la película, con un presupuesto de ochenta y dos mil libras, no fueron obstáculo para lograr una equilibrada y armónica cinta, amparándose en un montaje final de ochenta y dos minutos suficientes a todas luces. Como colofón, secuencias igualmente antológicas como la de la búsqueda desesperada de Van Helsing del cuerpo de Drácula en el interior de la tumba de un supuesto mausoleo, y la llegada fugaz del propio vampiro en la entrada de dichas dependencias; todo ello rodado en un mismo plano.
El epílogo resulta igualmente preciso en su ejecución: dos candelabros sirven de cruz para acabar con Drácula, aunque a este acto insuficiente le espere una muerte mucho más cruel. Obra maestra absoluta.
































