Críticas de Películas

'Dos hombres y un destino', imprimiendo la leyenda

Un género en transformación

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'Dos hombres y un destino', imprimiendo la leyenda

Autor: Lluís Nasarre

A finales de los años 60 y principios de los 70, el mundo del western estaba cambiando. Las largas praderas donde antes imperaba «la ley del más fuerte», ayudado por el más rápido con el revólver, estaba sufriendo una metamorfosis que arrastraba a los componentes de una época y los convertía en «dinosaurios en peligro de extinción.

Los protagonistas de epopeyas y de situaciones límite, empezaban a notar los achaques de la edad y a convertirse en seres anacrónicos en un tiempo que no era el suyo. El plano final de Duelo en la alta sierra (1962) de Sam Peckinpah con Joel McCrea (todo un icono del género) desplomándose y mirando hacia la montaña, añorando una época que nunca volverá, sería una imagen muy representativa al respecto.

Corrían nuevos tiempos, pues, para el western y sus miradas empezaban a teñirse de nostalgia y sus héroes a convertirse en personajes crepusculares de una última «cruzada». Los tiempos de los westerns más «primitivos» de Jacques Tourneur (Tierra generosa, Stars in my Crown), Raoul Walsh (Pursued, Juntos hasta la muerte) por citar grandes títulos un tanto desconocidos para el gran público, daría paso a una zona de tránsito en la década de los 50, con los títulos del tándem Anthony Mann-James Stewart (Winchester 73, Colorado Jim, Horizontes lejanos, Tierras lejanas y El hombre de Laramie) y el formado por Budd Boetticher-Randolph Scott (Seven Men from Now, The Tall T, Decission at Sundown, Nacida en el Oeste, Buchanan Rides Alone, Ride Lonesome y Estación Comanche), en las que normalmente el protagonista, poseedor de un pasado fuera de la ley, intenta encauzar sus actos olvidando lo anterior (un hecho retratado magníficamente en El pistolero de Henry King) y empezar una nueva vida, o bien, con personajes oscuros con unased de venganza basculando al filo de la navaja.

Pero no sería hasta la llegada del anteriormente reseñado Duelo en la alta sierra de Peckinpah, en las que cambian las tornas, y las premisas del western se tornan más agridulces. Sus personajes están ya de vuelta de todo y saben que con los años que tienen, nada volverá a ser como antes; ee vuelven escépticos y se embarcan en una aventura que no es la suya, conociendo en todo momento el desenlace (fatal/romántico) de la misma. Grupo salvaje (1969) de Sam Pechinpah, crea un antes y un después en la nueva concepción del western cinematográfico, y será a partir de ese punto, cuando las propuestas adquieren unos matices diferentes a los anteriores y sus personajes pasan a dibujarse con unos tonos más frívolos y de carácter más despreocupado.

Es en ese momento cuando los grandes directores del género hacen su canto de cisne: John Ford con El gran combate (1964), Raoul Walsh con Una trompeta lejana (1964) y Howard Hawks con El Dorado (1967) y Río Lobo (1970), dejan paso a una galería de directores que ven en el western la posibilidad de ofrecer su visión sobre un mundo en el que las cosas están cambiando y los mitos deben tener otros objetivos.

Dejando a parte las influencias del western americano en lo que se llamó el spaghettiwestern (de producción europea), ya que las culturas devienen diferentes (y eso se nota y mucho), los nuevos directores estadounidenses ofrecían en sus westerns tanto un canto a una violencia más desmesurada y explícita como un estudio psicológico para justificar una serie de actos. La sociedad del momento necesitaba dotar a sus personajes de un hálito más próximo y pragmático.

El sentimiento del honor y del orgullo languidecía poco a poco y los nuevos héroes de los western se limitaban a enfrentarse entre sí con unos motivos alejados de las tradiciones y de los cánones clásicos. Era la época, donde los actores empezaban a elegir sus papeles y los directores se ponían a las órdenes de unas estrellas para llevar adelante unos proyectos, donde imperaba sobre todo la idiosincrasia del actor, antes que la naturaleza del producto.

De ahí que intérpretes como Marlon Brando, Paul Newman, Steve McQueen, Dustin Hoffman o Robert Redford se embarcaran en una serie de películas en las que saltaban de un género a otro. En el capítulo de western, los directores de la llamada generación de la televisión hicieron su aportación con mayor o menor fortuna. Arthur Penn le brindó a Dustin Hoffman Pequeño gran hombre (1970), una desmitificación y poco convencional historia con la infamia como protagonista, que había tenido un primer episodio con El zurdo(1958), en virtud de una subversión de la historia que comprometía al mito de Billy the Kid yPat Garrett.

Por su parte, Brando se paseaba sin orden ni concierto entre historias propias (El rostro impenetrable) y ajenas (Sierra prohibida, Missouri). Por lo que concierne a Martin Ritt, algunas de las historias interpretadas por Paul Newman, nacían con idéntica voluntad de descodificación del género, como en Hud (1963) o Un hombre (1966).Y en este contexto que favorecía la ruptura de estereotipos, George Roy Hill (1921-2002)se puso al frente de Dos hombres y un destino, tras rodar una superproducción de buena calidad (Hawai) y un musical coyuntural, acorde con el momento de su estreno (Millie, una chica moderna).

Explican las crónicas de la época, que un día Steve McQueen llamó a su amigo Paul Newman para comentarle que había llegado a sus manos un guión que podrían interpretar los dos. Pero diferentes circunstancias, alejaron a McQueen del proyecto, sustituyéndolo por un aún no muy popular Robert Redford.

El guión en cuestión era obra de William Goldman, uno de los novelistas, articulistas y guionistas norteamericanos más importantes (autor, entre otras muchos, de loslibretos de 'Marathon Man', 'La princesa prometidaoMisery'). Goldman, acostumbra a dotar a sus historias de ideas interesantes, además de un desarrollo original, y esta vez proporcionó un guión (a modo de anticipo de las woody movies de «película de colegas») que modernizaba y desmitificaba el género.

En síntesis, el film presenta la relación y las andanzas de dos bandoleros en un tono simpático e irónico, que tras muchos avatares, se encaminan hacia la búsqueda de la redención (de ahí el destino al que alude la traducción al castellano del original 'Butch Cassidy and Sundance Kid'). A nivel visual, Dos hombres y un destino se nos presenta como un trabajo de impecable realización, gracias a la sabia utilización que hace George Roy Hill del formato scope y a la inteligente combinación de elementos como la intensidad en la acción, humor en sus ocurrentes diálogos y las pegadizas canciones de Burt Bacharach y Hal David (para el recuerdo la escena de la bicicleta con el Raindrops Keep Falling in My Head de fondo que funcionaba a la perfección).

No obstante, en algunos momentos la constante presencia de ese recurrente humor que tiende a desmitificar el género le perjudica en el retrato de sus protagonistas, ya que aunque haya momentos donde sí se nos muestra la química actoral establecida entre los dos protagonistas masculinos, su relación con Katherine Ross, se nos presenta algo más confusa y desdibujada.

Asimismo cabe señalar la labor del director de fotografía Conrad L. Hall, en su constante búsqueda de la iluminación adecuada para dar naturalidad. Hall, ofrece una dimensión diferente a la historia, a través de su inteligente uso de la cámara y la planificación para determinadas escenas, utilizando el tono sepia o el blanco y negro para escenas de gran significado que se sitúan en la primera parte y la foto fija para la última secuencia, introduciendo de esa manera a los personajes en el territorio de la leyenda.

La película tiene dos partes claramente diferenciadas y que no dan sensación de conjunto dentro del resultado global. Con una primera que sirve para la presentación de unos personajes simpáticos para el espectador con unas correrías interesantes y amenas, y una segunda parte, basada sobre todo en la búsqueda de la redención anteriormente referida, que nos llevará a tierras bolivianas para perder ímpetu narrativo y ganar en ritmo visual.

La lástima es que la fuerza de los personajes pierde densidad y la película crece en una espectacularidad un tanto impostada para el desarrollo de la trama, ya que la mezcla entre el mito y la realidad (uno delos temas preferidos por Roy Hill) no alcanza el grado de equilibrio que, por ejemplo, si se adivina en El carnaval de las águilas (1975), asimismo protagonizada por Redford.Mención aparte merece la interpretación de los dos protagonistas masculinos.

Robert Redford, salta al estrellato componiendo un personaje (más interesante a nivel argumental), taciturno, lacónico y realista en el mundo en el que vive. Por su parte, Paul Newman, debía hacer un cambio de registro a las películas que había interpretado, en las que se mostraba como un híbrido entre el dubitativo e inconformista James Dean en Rebelde sin causa (1955) y Al este del Edén (1955),y el Marlon Brando, «animal cinematográfico», de Un tranvía llamado Deseo (1951).

Newman necesitaba madurar, ofrecer composiciones más humanas y menos desaforadas. Con Dos hombres y un destino, interpreta a un tipo divertido y optimista, consiguiendo llegar al gran público, y estableciendo un afecto que se prolongaría a lo largo de toda la madurez del actor. Pese a todo, el tiempo ha jugado a favor a una obra como Dos hombres y un destino.

Sin tener la calidad cinematográfica, de otras obras de características similares, la conjunción de varios factores, elevan el producto a una categoría de mito cinematográfico, que cuando menos, despierta un interesante debate entre los aficionados, aquellos que se sitúan más en el terreno de la mítica y los que juegan en el del realismo.

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