Críticas de Películas

'Dead Man', uso estilizado de la violencia

Una producción fuera de catálogo que no busca el preciosismo

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'Dead Man', uso estilizado de la violencia

Autor: Christian Aguilera

Por distintas razones, Dead Man ha pasado a formar parte de esa galería de rarities que hicieron fortuna en el cine norteamericano de finales del siglo pasado. Lógicamente, tal apreciación se debe, en primera instancia, a la subversión de los cánones del western que agonizaba por enésima vez tras tentativas que el tiempo ha calibrado como infuctuosas para la continuidad del género en el debe de Clint Eastwood -El jinete pálido(1985)-, Kevin Costner -Bailando con lobos(1989)- o Lawrence Kasdan -Wyatt Earp(1994)-.

Dead Man escapa de la ortdoxia narrativa para situarse en un terreno en el que tiene cabida el valor de la desmitificación, heredero directo de aquellas cintas concebidas a principios de los años setenta como Pequeño Gran Hombre (1970), Soldado Azul (1970) y El juez de la horca (1972). De la primera comparte el semblante de inocencia que invade al personaje central -Jack Crabb (Dustin Hoffman)/William Blake(Johnny Depp)- pero, al calor de las circunstancias que concurren en su itinerario personal, se ve forzado a sacar su instinto de supervivencia.

Jim Jarmusch evita cualquier razonamiento psicológico que explique ese desfase entre el inocente que llega a la ciudad y su posterior comportamiento que da carta de la naturaleza a un auténtico serial killer del Midwest. Pero en manos del director de Extraños en el paraíso tan sólo se trata de un mecanismo más que sirve al propósito de conectar con un espacio alejado de las coordenadas de la recreación histórica para situarse en un terreno de leyenda habitada por figuras mitológicas; un viaje, en definitiva, hacia un mundo de ensoñación, de percepciones puntuadas por un humor verbal y visual, más amparado en la ironía que en el sarcasmo o en lo corrosivo.

En esta tesitura, Jarmusch crea el personaje del indio «Nobody» (Gary Farmer) que parece tomar trazos de la identidad de Roberto Benigni en Bajo el peso de la ley (1986); ambos comparten una vena romántica que les lleva a familiarizarse con obras de algunos poetas.

Para «Nobody», la asociación del nombre y apellido del joven con el que comparte experiencias y el de uno de su poetas predilectos ?William Blake? procura diálogos o monólogos que abundan en ese aire surrealista que sacude a Dead Man. Un humor si se quiere inocuo, un punto insustancial, que tiene correspondencia con aquel episodio en el que se evalúa el intelecto bajo mínimos de los «cazarecompensas» que tratan de dar con el paradero de Blake: parejas de asesinos que obedecen a los nombres de Cole Wilson (Lance Henriksen) y Johnny «the Kid» Pickett (Eugene Byrd), cuyos apellidos se corresponden con el del compositor y vocalista musical; más evidente si acaso es la pareja de marshalls que emulan a Fernández and Fernández pero que se llaman entre sí Lee y Marvin.

Para cerrar el círculo de ese silly humor que hubieran podido firmar los Monty Python, Jarmusch ofrece el papel de «Sally» Jenko (el cantante y circunstancial actor Iggy Pop), en compañía de dos individuos que, en su conjunto, contravienen el estereotipo de macho poblador del salvaje Oeste... O así nos lo ha hecho saber la historia vista a través del celuloide.

Esta mirada humorística que compromete a Dead Man actúa en primer plano, junto a un uso estilizado de la violencia -la secuencia del asesinato de Thel Russell (Mili Avital), quien en el último instante salva a William de una muerte segura-. Pero esa tan sólo es la capa que se extiende sobre una propuesta que, en su interior, reposa una reflexión sobre los fundamentos de la actual sociedad norteamericana -paradigma del capitalismo- que se ha ido construyendo en torno al sentido de territorialidad, de protección y defensa de las pertenencias a cualquier precio, de una justicia legitimada en el «ojo por ojo».

Film que, en un primer visionado puede provocar un cierto efecto refractario, a medida que vamos penetrando en el «núcleo» de su discurso, podemos extraer la verdadera esencia del mismo. Dead Man es casi un «accidente»; un título imposible de ser comparado en su globalidad con ningún otro aunque tienda lazos con las producciones anteriormente señaladas en determinados aspectos -sobre todo, por lo que concierne al film dirigido por John Huston, en el cinismo y el estado de «locura» que acompaña por igual a Roy Bean (Paul Newman)/John Dickinson (Robert Mitchum)-.

Además de su emulsión en blanco y negro que no busca el preciosismo precisamente, la rúbrica a esta producción «fuera de catálogo» la pone Neil Young con una banda sonora que funciona a ráfagas a través de distorsiones de guitarra y poco aparato instrumental más; con esta contribución del canadiense se favorece el sentido hipnótico que Jarmush quiso imprimir a susexto largometraje.

Pero si de delirio puede catalogarse la visión de Dead Man, no menos singular debió resultar un rodaje trufado de nombres ilustres -Robert Mitchum, John Hurt, Gabriel Byrne, Alfred Molina o el propio Johnny Depp, entre otros- que asistían en medio de un paisaje virginal a la escucha, a diario, de Sleeps with Angels (1994), el disco que inspiró la presencia de Young para componer una partitura que soslayara las convenciones.

El genio de Toronto respondió a los requisitos de Jarmusch y con ello se formalizaría una nueva colaboración al medio plazo: Year of the Horse (1997), el documental consagradoa Neil Young y su intermitente banda, Crazy Horse.

Jarmusch y Neil Young pertenecen a una especie de sociedad tan sólo formada por hombres que rinde honores a Lee Marvin. Se reúnen, al parecer, anualmente, pero la mayoría de detalles sobre la misma se desconocen por el secretismo con el que actúan sus integrantes, entre los que asimismo se cuenta John Lurie.

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