Críticas de Películas

'Con la muerte en los talones', identidades suplantadas

Un producto refinado donde el azar y el destino son protagonistas

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'Con la muerte en los talones', identidades suplantadas

Autor: Lluís Nasarre

Entre dos obras maestras de la categoría de Vértigo / De entre los muertos(1958) y Psicosis (1960),se produce la cuartay feliz colaboración entre Alfred Hitchcock y el actor Cary Grant para realizar Con la muerte en los talones.

Este hecho se debe a que la primera opción para interpretar al publicista de vida aburrida Roger O. Thornhill, James Stewart, fue rápidamente descartada al considerar el director de Posada Jamaica que el perfil del personaje se correspondía a un carácter más formal y dramático acorde con las características del británico.

No obstante, a pesar de la buena química entre el director y su estrella, la relación a lo largo del rodajeno fue todo lo placentera y comunicativa que pueda intuirse, ya que la complejidad de un guión que juega con los conceptos de teatralidad, apariencias y engaños obra de Ernest Lehman (1915-2005) -colaborador de Hitchcok en el guión de La trama (1976)- provocaba constantes dudas en la persona de Grant y en sus infortunados esfuerzos para dar coherencia al personaje que interpretaba.

Un hecho éste, provocado deliberadamente por el director, que hacía constantes oídos sordos a los requerimientos aclaratorios por parte del actor y el resto del elenco. De esta forma, Hitchock construíaen su interior y sin ingerencias de ningún tipo, la globalidad de una película en la que esperaba que ese desconcierto/desasosiego creado intencionadament, contribuyera a la concepción y posterior realización del film para, de ese modo, envolver al espectador en un inmenso juego de situaciones, delimitadas por el misterio y la sorpresa, ya que, como podremos comprobar, en Con la muerte en los talones se conjugan mediante brillantes ejercicios estilísticos, y (como no puede ser de otra manera en manos de Hitchcock) aspectos como las amenazas paranoicas, las intrigas rocambolescas, el suspense, el amor -con las consiguientes alusiones sexuales- y una de las máximas del maestro británico: el hombre normal, de la calle, envuelto en situaciones extrañas donde el azar ejerce de cínico cicerone.

Con ese material entre manos, Hitchcock construye un producto refinado en el que el susodicho azar o los caprichos del destino se convierten en las piedras de toque de una historia que, a simple vista, parece no tener coherencia ni rigor -incluso su título original North By Northwest, a pesar de que alguien haya querido ver en él guiños a Shakespeare, no deja de ser una broma de Hitchcock, ya que no guarda ninguna relación con el film-.

No obstante, las posteriores visiones de esta fábula que alterna lo increíble y lo supuestamente racional con un admirable e irónico talento, nos retrotrae a algunos de los apuntes que su director ya había mostradoen Inocencia y juventud (1937)o 39 escalones (1935).

Esa confluencia de los aspectos anteriormente reseñados, plasmados mediante un acertado sentido del ritmo, de su característico humor y un accidentado romanticismo simpático y entrañable, anticiparán, de algún modo -una opinión algo aventurada-, algunas de las características de las películas que sirvieron para confeccionar los modelos y patrones de la películas de James Bond.

No obstante, las intenciones de Hitchcock no transitaban los mismos caminos que los personajes salidos de la pluma de Ian Fleming dado que su protagonista no es un profesional como 007 sino el típico ciudadano medio involucrado en toda una serie de situaciones que complicarán y comprometerán su existencia. Porque, a pesar de las diversas peripecias detectivescas y complejas intrigas internacionales, estamos de nuevo ante una nueva variación del habitual «falso culpable» -el Mcguffin- que puebla por doquier la filmografía de Hitchcock, pero resuelto, para quien esto suscribe, como una auténticapieza maestra.

En el famoso y siempre referenciado libro El cine según Hitchcok, cuando Franços Truffaut le comentaba al orondo director el poco valor artístico que se le daba a películas como Con la muerte en los talones en contraposición, por ejemplo, a dramas como Ladrón de bicicletas (1948) por lo poco creíble de su trama y por ser un producto eminentemente absurdo, el director de El hombre que sabía demasiado le contestó que el gusto que tenía él por el Absurdo ?con mayúsculas? habitaba en su interior de manera casi religiosa.

Un sentimiento muy latente como podremos comprobar, ya que es, a partir del Absurdo, como empieza y se construye Con la muerte en los talones. Nos encontraremos que el hecho del error de una llamada telefónica al inicio del film servirá de elemento detonante para presenciar la concatenación de un error tras otro y pasar de una situación absurda a otra hasta encontrarnos ante un film subjetivo, totalmente inverosímil y absurdo.

Porque de lo que se trata es de contemplar la situación -recordemos que Hitchcock es un maestro en el arte de mirary/o observar- mediante un montaje claro, conciso y dominando hábilmente la pauta en la tensión establecida. Nada es gratuito cuando se controla ese onírico tempo narrativo de inequívoca pulsión sensorial.

Esa imagen nítida, pura fuerza visual, regalada en formato de VistaVision por el operador Robert Burks, se balancea en muchas ocasiones entre dos planos que tienen en su interior miradas intensas a su vez y que están plenos de reflejos de otras situaciones subjetivas, más absurdas si cabe y que, por otra parte, sesubrayan mediante el humor verbal de su protagonista y se matizan por la memorable música creada por Bernard Herrmann en la que predominan los instrumentos de viento en cortes y momentos que crean sentimiento además de laintriga y el misterio.

Ejemplos de todo ello los podremos encontrar en algunos pasajes del film como por ejemplo la persecución de una avioneta fumigadora sobre el personaje que encarna Cary Grant o las secuencia de la subasta donde los personajes -además de Grant un magnífico James Mason en la piel del villano de la función- empiezan a representar aparentemente el rol asignado el uno versus el otro.

Por otra parte, en el caso de la persecución, la turbación a la que se ve sometido el personaje es claramente palpable por su interpretación y por el marco donde se desarrolla, en medio de un campo, alejado de todo signo de escapatoria posible.

Mediante una acertada y ocurrente planificación subjetiva, la constatación del desconcierto del actor ante los disparos y la postrera resolución de la secuencia nos mostrará uno de esos momentos sinsentido e inverosímiles anteriormente comentados, y que desembocaránhacia elfinal de la aventura en una maravillosa elipsis en un tren tras un desenlace desarrollado en el recreado en estudio Monte Rushmore que servirá para dar respuestas a muchas de las preguntas planteadas a lo largo de toda la película.

Como colofón, y como no podía ser de otra manera, la cantidad de anécdotas suscitadas a lo largo del rodaje es cuantiosa.A saber: La «O» incluida en el nombre del protagonista puede hacer referencia a David O. Selznick. Una «O» que no significaba nada, como en el caso del personaje del film.Asimismo, ha trascendido el hecho quelas secuencias rodadas en la ONU se hicieran mediante la cámara oculta en una camioneta. Un hecho producido por la negativa de ese organismo internacional para filmar en sus dependencias.

Tampoco falta en el capítulo de las anécdotas referencias a los propios protagonistas, en la que lasincongruencias se dan cita como la edad real de la madre del personaje de Grant. Hay fuentes que dicen que apenas era mayor que él y otras que dicen que era más joven. Pero posiblemente la mejor de todas ellas sea la referida ala última escena, la desarrollada en el tren.

De todos es sabido el constante acoso al que se veía sometido Hitchcock por parte de los censores por la cantidad de alusiones sexuales que hay en sus películas. Cuando le preguntaron por las utilizadas en Con la muerte en los talones, él respondió: «No hay símbolos en esta película. ¡Ah sí! Uno. La última secuencia, el tren entrando en el túnel después de la escena de amor entre Cary Grant y Eva Marie Saint. Es un símbolo fálico. Pero no se lo digas a nadie».

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