Críticas de Películas

'Colorado Jim', el paisaje como espejo del alma

Excelente utilización dramática a cargo de Anthony Mann

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'Colorado Jim', el paisaje como espejo del alma

Autor: Tomás Fernández Valentí

Antes de comentar Colorado Jim es necesario hacer una advertencia: que el nombre real del personaje protagonista es Howard Kemp y no Colorado Jim, denominación que responde a una manipulación del doblaje español en el momento de su estreno entre nosotros, la cual seguimos empleando aquí para no crear confusiones en el lector.

Por lo demás, Colorado Jim nos viene como anillo al dedo para comentar uno de los aspectos más frecuentemente mencionados cuando se habla del estilo de Anthony Mann, su utilización dramática del paisaje, pues en este film la misma brilla con particular esplendor. Ciñéndonos al ámbito del western, y en términos muy generales, así como en Ford el paisaje tiene un valor espiritual (expresión de grandeza y soledad), en Henry Hathaway funciona como elemento de catarsis (espacio desconocido en el que hay que internarse para experimentar una evolución) o en Daves atesora un sentido antropológico (el carácter de los héroes davesianos está en consonancia con la fisonomía del paisaje en el que se mueven), los escenarios naturales del cine de Mann son un contrapunto visual, exteriorizado, de sentimientos que brotan del interior de los personajes, en un sentido bastante cercano al empleo de los paisajes perceptible en Akira Kurosawa y David Lean.

Colorado Jim es un catálogo perfecto de la manera en que Mann convertía los paisajes que los personajes recorren físicamente con sus cuerpos en espejos de sus propias almas. Esa forma de narrar, espléndidamente sostenida en este caso sobre la base de la fotografía en Technicolor del gran William C. Mellor, dota de una corporeidad especial al ya de por sí excelente guión urdido por Sam Rolfe y Harold Jack Bloom.

En el primer tercio del relato, Colorado Jim (James Stewart) consigue detener en las montañas al forajido Ben Vandergroat (Robert Ryan), con la ayuda de Jesse Tate (Millard Mitchell), un viejo buscador de oro, y de Roy Anderson (Ralph Meeker), un teniente del ejército que ha sido expulsado del cuerpo con deshonor.

Pero un par de circunstancias empezarán a complicar las cosas: el hecho de que Colorado Jim no sea, como parecía a simple vista, un oficial de la ley, sino un cazador de recompensas que anda en pos de Ben para conseguir loscinco mildólares que se ofrecen por su captura; y que el forajido vaya acompañado de su joven amante, Lina (Janet Leigh), la cual perturbará a Jim (cuyo pasado está marcado por un amor fracasado) y a Roy (quien ya fuera expulsado del ejército por un lío de faldas y ve en la chica una nueva posibilidad de ampliar su historial de conquistas amorosas).

La película, apoyada también en la admirable labor interpretativa del reparto, progresa a todos los niveles a medida que lo hace la expedición de esas cinco personas mientras atraviesan las montañas de regreso a la civilización, llevando consigo una considerable carga de tensiones acumuladas: no sólo la de índole amoroso y sexual que Lina provoca en Jim y Roy respectivamente, sino también la desconfianza entre todos los miembros del grupo, la artera manipulación a la que somete Ben a los que le rodean aun estando maniatado, y la codicia que mueve, por distintas razones, a los hombres que se han unido en la detención del forajido (Jim, que quiere emplear el dinero para recuperar la granja que perdió durante la guerra por confiar en una mujer, su prometida, que luego le traicionó, se ve obligado a repartirse los 5.000 dólares con Jesse, quien ya está harto de andar buscando oro durante años y ve por fin la posibilidad de enriquecerse, y con Roy, cuyo carácter inestable le convierte en un parásito siempre dispuesto a aprovecharse de las oportunidades que se le presentan).

En este sentido, los progresivos brotes de violencia que ponen en peligro las vidas de los personajes tienen siempre el adecuado contrapunto del paisaje. Ben, acorralado en lo alto de un risco y con las armas descargadas, se defiende del acoso de Jim, Jesse y Roy arrojándoles piedras. Un ataque de los pies negros, provocado por la estupidez de Roy, se salda con una matanza: los protagonistas logran salir victoriosos de la misma, pero el resultado les deja un sabor amargo (resulta magnífico ese momento en que Jim mira los cadáveres de los indios ensuciando, casi profanando, la belleza del bosque).

Más adelante, Jim, herido en una pierna durante la pelea con los indios, se cae de su caballo por culpa de Ben, a quien antes hemos visto aflojando la silla de montar del primero, y se desliza violentamente por una pendiente: los viscerales planos que le muestran arrastrándose hacia arriba él solo y volviendo a montar con gran esfuerzo y desesperación dibujan a la perfección la ciega determinación del personaje que, a pesar de su herida y del cansancio, no está dispuesto a abandonar su propósito.

Pero también hay espacio para la emotividad. Las escenas que tienen lugar en la cueva donde los personajes se guarecen de la lluvia están llenas de extraordinarios momentos: Lina, animada por Ben, se acerca a Jim, en principio con la intención de seducirle y distraerle mientras el forajido intenta evadirse; Jim se encuentra en la entrada de la cueva haciendo guardia, mientras la lluvia torrencial lava las escudillas y los vasos de latón que han usado para la cena; el sonido metálico que provocan las gotas de agua sobre la vajilla crea un clima de intimidad, de tal manera que el diálogo manipulador entre Jim y Lina acaba convirtiéndose en una sincera declaración de amor mutuo, que concluye con un beso del primero a la segunda, más desesperado que apasionado.

El clímax de Colorado Jim es uno de los más tensos e inolvidables del cine de su autor. Mediante una hábil estratagema, Ben logra engañar a Jesse con falsas promesas y huye junto a Lina. Tras asesinar a sangre fría al viejo buscador de oro, Ben se parapeta en lo alto de una roca junto al río, donde prepara una última emboscada mortal para Jim y Roy.

Sin embargo, será Ben quien muera durante el tiroteo, y a continuación lo hará Roy, por culpa de un estúpido accidente, cuando intenta rescatar el cadáver de Ben de las aguas torrenciales, pensando en la recompensa que tienen que cobrar por él. Aquí las rocas y el agua contrastan a la perfección con la explosión final de las emociones de Jim, quien trata de rescatar el cadáver de Ben sujeto a una cuerda y atándolo a una roca hasta que, consciente de la locura de su actitud, rompe a llorar con una violencia comparable a la del río que ha sido escenario de la culminación de la tragedia.

El final de esta secuencia es harto significativo: dispuesto a olvidar su doloroso pasado y a iniciar una nueva vida junto a Lina, Jim coge una pala y empieza a cavar una tumba para Ben: de nuevo el terreno, el paisaje, como reflejo de la decisión tomada por el personaje.

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