Críticas de Películas

'A sangre fría', relato fílmico ejemplar

La excelente obra de Truman Capote fue correspondida con un gran film

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'A sangre fría', relato fílmico ejemplar

Autor: Christian Aguilera

Para buena parte de los films que parten de novelas que, ya desde su gestación, están llamadas a ocupar un lugar en la Historia, se ven acompañadas de un largo, a menudo tortuoso proceso de adaptación, con problemas de distinta índole antes de ver la luz en la gran pantalla. Pero A sangre fría (1967) sería una excepción, no así el prolongado periodo que supuso para Truman Capote la escritura de su novela más (re)conocida. Siete años de su vida se llevó la plasmación de 'In Cold Blood' (1966),en la que Capote recurrió a conocer al detalle cada uno de los aspectos, por intrascendentes que resultaran a priori, en torno a la familia asesinada -los Clutter- y sus asesinos, los ya célebres Perry Smith y Dick Hickcock.

Mucho menos tiempo implicó a Richard Brooks la escritura de un guión que debía ceñirse a unas dos horas y diez minutos de metraje como máximo. Esta celeridad a la hora de abordar una novela de las características de A sangre fría se produjo merced a dos factores: la Columbia intuía que semejante material era susceptible de llevarse al celuloide, reportando pingües beneficios para la major, y por otra parte, Brooks ya se había familiarizado con una extraordinaria capacidad de síntesis, de la que daría fe sus adaptaciones de 'Elmer Gantry' de Sinclair Lewis y 'Lord Jim' de Joseph Conrad, ambas sustanciadas en esa misma década.

Brooks, siempre solícito a rodar en escenarios naturales una vez liberado de su contrato con la Metro -Semilla de maldad (1955), una de sus últimas películas para esta major,obedecía a semejante dinámica de rodaje que se impuso entre las nuevas generaciones de cineastas (John Cassavetes, Sidney Lumet, John Frankenheimer, etc.)-, se encomendó a recrear la producción en la localidad de Holcomb, en Kansas, el enclave donde se había producido el cuádruple asesinato en noviembre de 1959. Otros lugares escogidos para el rodaje serían Missouri, Colorado, México, Nevada y Texas, prácticamente los mismos donde se desarrolla la historia urdida por Capote, a excepción de Alaska, el exilio escogido por el padre de Perry.

La adaptación

Dentro de su Biblioteca dedicada a Truman Capote, de la que se han editado la inmensa mayoría de sus novelas, ensayos y cuentos, Anagrama acaba de publicar una nueva traducción de este clásico cuya primera edición data de 1987.

Dada la categoría de clásico indiscutible que ha alcanzado con suficiencia A sangre fría, la editorial barcelonesa ha convenido en presentar una traducción a cargo de Jesús Zulaika que mejora ostensiblemente el anterior trabajo para Anagrama elaborado por Fernando Rodríguez a mediados los años ochenta.

Zulaika propone una traducción modélica y cuidada hasta el más mínimo detalle, sometiéndose a la búsqueda de cualquier referencia que pueda aportar una información adicional al lector; de ahí la profusión de notas del traductor a pie de página, a veces aplicándose con un exceso de celo. Algo, que por otra parte, parece natural para quien ha «convivido» tan estrechamente con la prosa de Truman Capote, cuya capacidad para el manejo de un lenguaje de una precisión absoluta excusa decirse que le llevan a formar parte de los mejores escritores del siglo XX sin distinción de géneros e idiomas.

La relectura de A sangre fría, sin embargo, me ha permitido llegar a la conclusión que todo aquello referido a la presión psicológica a la que estuvo sometido Truman Capote durante su escritura, pudo hacer mella en la parte final del relato. Parece una impresión bastante cercana a la realidad que Capote, hastiado de demorar la entrega del libro, cumplió el tramo final siendo consciente que difícilmente pudiera rayar a la misma altura su prodigioso arranque -concebido años antes- y los capítulos centrales que la parte, a modo de coda, donde Perry y Dick pasan su cautiverio antes de ser ejecutados a la pena capital.

A tenor de la condición de director y productor de Richard Brooks, el guión que él mismo firmó, apenas tuvo interferencias por parte del Estudio. Por consiguiente, las diferencias que existen entre novela y adaptación competen en exclusiva a Richard Brooks. Pero al mismo tiempo sirven para desmentir que Brooks fuera un mero «ilustrador» de adaptaciones, ya que la primera parte de A sangre fría presenta una resolución, a nivel de montaje, muy poco frecuente por aquel entonces.

Al igual que el relato de Capote, en el que se alternan indistintamente dos espacios bien definidos -la granja de los Clutter y el periplo que siguen Perry y Dick anterior y posterior a la noche del asesinato múltiple-, Richard Brooks hace lo propio pero jugando con un montaje en paralelo que se relaciona a través de una serie de objetos o elementos (el agua, las cuerdas, un medio de transporte, las huellas de unos zapatos, etc.)

Seguramente, Truman Capote, el día del estreno del film poco podría reparar en estos detalles, sumido en una cierta decepción al darse cuenta que Brooks, al que había acompañado durante el rodaje en Holcomb, obvió muchos aspectos de la vida cotidiana de los Clutter. Capote describe en su relato cada uno de los pormenores de los miembros de la modélica familia, explayándose en descripciones sobre su entorno natural, su linaje y el círculo de amistades.

De idéntica forma, el autor de 'Desayuno en Tiffany's' elabora un mapa de las implicaciones emocionales, morales, psicológicas de los dos protagonistas de la obra que cobran fuerza a medida que avanza la historia. Brooks, en cambio, como buen metteur en scène sabe discernir entre lo que sonaría excesivamente literario y lo que realmente es esencial para conocer aspectos relevantes de la personalidad de los homicidas. Brooks se apoya en la «voz» del personaje del reportero encarnado por Paul Stewart, en una línea similar a lo que había hecho en El fuego y la palabra (1960), en relación al periodista interpretado por Arthur Kennedy.

Las cuatro décadas transcurridas desde su estreno sirven para valorar todas estas circunstancias y otras tantas con el fin de retomar la idea del por qué A sangre fría ha superado con nota el paso del tiempo. A todos los aciertos apuntados, cabe añadir la elección de un par de intérpretes desconocidos -Robert Blake (Perry Smith), cuya errática existencia le llevaría paradójicamente a ingresar en prisión acusado de homicidio, y Scott Wilson (Dick Hickock), un estupendo actor- que guardan una enorme semblanza con la que hace Truman Capote en las páginas de su libro (su tendencia a describir físicamente a cada unos de los personajes que desfilan, sin dejar demasiado margen para la imaginación, es otra de las características de su prosa).

De esta forma, Richard Brooks quiso descartar la opción de que el espectador buscara una identificación o un distanciamiento inmediato con los asesinos. Asimismo, determinante para el resultado del film fue escoger una emulsión en blanco y negro, algo que podría sorprender en manos de un realizador que había encadenado seis films en color -desde Los hermanos Karamazov (1958) hasta Los profesionales (1965).

El operador de este último film, Conrad Hall, un auténtico maestro en su campo, se encargó de la soberbia fotografía de A sangre fría, valiéndose de objetivos anamórficos y sentando precedente en la forma de concebir las escenas nocturnas con una mínima exposición. A tal efecto, Brooks y Hall concibieron una perfecta planificación para las secuencias del asesinato y culminando su trabajo en colaboración con una escena que ha pasado a los anales de la fotografía cinematográfica: la del rostro de Perry hablando sobre su padre mientras el reflejo de la lluvia sobre el cristal simula el efecto de las lágrimas dibujadas en la cara del convicto, a punto de perecer en la horca.

Por consiguiente, un film que contemplado con la perspectiva del tiempo se sitúa a la altura de suoriginal literario: una obra maestra, un excelso alegatocontra la pena de muerte,enel que concurrieron toda una serie de factores a su favor para que su pasada, presente y futura valoración apenas cambie.

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