Críticas de Libros


'Lolita', un inmenso Nabokov

El escritor ruso imparte una clase magistral en esta gran novela




Autor: Christian Aguilera
En línea con la política de Anagrama por volver a reeditar títulos imperecederos de su impresionante catálogo con nuevas traducciones -recientemente nos ocupábamos de la de A sangre fría de Truman Capote-, ahora le toca el turno a Lolita (1955) del escritor ruso, afincado en los Estados Unidos, Vladimir Nabokov (1899-1977).
Aprovechando que se cumple el 30 aniversario de su fallecimiento el día 2 de julio, la Editorial Anagrama publica, en tapa dura, dentro de la colección Compactos, este auténtico magisterio y culto a la prosa más elaborada y precisa que podamos encontrar entre la literatura del siglo XX.
Es, por consiguiente, que la labor del traductor deviene básica para otorgar el verdadero sentido al texto literario original de Nabokov, ideado en forma de diario. Enrique Tejedor se había encargado de este cometido para las anteriores ediciones del sello barcelonés -hasta alcanzar un total de quince- y, en esta ocasión, le toma el relevo Francesc Roca. Cabe recordar que ambos han tenido o tuvieron que lidiar con un trabajo especialmente delicado, ya que Nabokov solía recurrir a los dobles sentidos, a los juegos de palabras dado, en parte, por su dominio de diversas lenguas -francés, alemán, ruso-y a constantes referencias literarias con el afán de vertir algunas puyas sobre sus colegas o simplemente para deleitarse en un ejercicio de erudición tan caro a su persona.
Un refinamiento estilístico que le situaría entre la elite de los escritores nacidos en suelo soviético y que, tras su paso por Francia, recalaría en los Estados Unidos para alumbrar, entre otros títulos, su obra magna, Lolita, a los cincuenta y seis años de edad.
Un largo proceso creativo
Ya en su etapa rusa, Vladimir Nabkov creó una historia, ambientada en Florencia y París, sobre un adulto oriundo de centroeuropa enamorado de la hija adolescente de la mujer con la que contrae matrimonio. Ni el desenlace ni las localizaciones y otros tantos aspectos guardan relación con la novela que conocemos, pero sí le serviría de punto de partida para trazar el desarrollo emocional de un personaje, Humbert Humbert, atrapado por la obsesión de una nínfula llamada Lolita. En una carta, fechada en noviembre de 1956, Nabokov habla en términos de «pulsión» para expresar la necesidad de vertir sobre el papel una idea primigenia que escapaba de sus propias experiencias personales.
Instalado en la América puritana a finales de los años cuarenta, Nabokov creyó conveniente que su país de adopción sirviera como marco a una historia que ha trascendido a varias generaciones de lectores. Aplicado a la hora de tomar notas por nimias que parezcan, Nabokov creó un mundo que invita a la ensoñación, al deleite por su riqueza literaria, poblada de constantes modismos, giros verbales, de una erudición -como apuntábamos- que abarca desde los clásicos griegos hasta la literatura anglosajona o el arte bizantino.
El empleo de la primera persona no hace más que avivar el sentido de que estamos ante la historia de una obsesión que deriva hacia la locura y, ya abandonada cualquier noción del mundo terrenal, el homicidio. Desde la primera frase del libro -«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas»- nos adentramos en un universo que Nabokov describe con mimo, con su habitual precisión por el detalle y en permanente conexión con el lector, al que le dedica, verbigracia de la asimilación de los formalismos deudores de la novela picaresca inglesa del siglo XVII y XVIII, algunos interrogantes o dudas generadas en la mente de Humbert Humbert. Entre el código Hays y la fidelidad al original: dos versiones distintas
Después de ser tildada de «blasfema» y «pornográfica» -calificativos que Nabokov se apremiaría a rebatir a partir de 1956, como da fe la carta abierta a la que hacíamos referencia y que se reproduce al final del libro- Gallimard publicó por primera vez Lolita, dentro de su colección destinada a la novela erótica.
Pronto, Stanley Kubrick, se hizo con un ejemplar en inglés aparecido en el mercado norteamericano al cabo de unos meses de su publicación en Francia por Gallimard. Kubrick intuyó el potencial de la obra de Nabokov y, mientras lidiaba con el rodaje de Espartaco (1960), en sus ratos libres iba dando forma a la idea de adaptar Lolita. Su socio por aquel entonces, James B. Harris, había adquirido los derechos para su explotación al cine. Nabokov, celoso de su trabajo, preparó el guión que sufrió importantes cambios con la intención de sortear la amenaza que aún suponía el código Hays, un arma censora que servía a los intereses de las capas más conservadoras del país.
Muchas de las diatribas que Kubrick y Nabokov mantuvieron a lo largo de los años en relación a la versión cinematográfica de Lolita tuvieron como principal foco de atención la eliminación de algunos pasajes que, para evitar la ingerencia de los estertores del código Hays, el primero decidió que debían desaparecer de la versión final que, pese a todo, sobrepasa las dos horas de duración.
Asimismo, el cineasta neoyorquino marcó un cambio importante con respecto a la estructura del relato original, al utilizar la técnica del flash-back a partir del encuentro entre Humbert Humbert (un espléndido James Mason) y Clare Quilty (Peter Sellers), al que acusa de la degradación moral de su ninfa, Lolita (Sue Lyon, quien representa una adolescente un par de años mayor que la de la novela).
Kubrick otorga un mayor protagonismo al personaje de Quilty -en la novela, como bien advierten los traductores, Nabokov va tejiendo una serie de acertijos, de juegos numéricos y fonéticos-, trasmutado en diversos rostros por el propio Peter Sellers (el idolatrado showman televisivo, el enigmático profesor, etc.) que se cruzan en el camino de Lolita y Humbert.
Sendos hallazgos se corresponden con la idea que Kubrick quería trascender el propio original literario para dar forma a una obra que entroncara con su propia obra fílmica, labrada sobre la base de piezas maestras de la dimensión de Lolita, un film que disfruta de una excelente salud a sus cuarenta y cinco años, la edad a la que Humbert definitivamente perdió la realidad de vista, omnibulado por la pérdida de «su» Lo.
Mucho más cercana en el tiempo es la adaptación que Adrian Lyne pergueñó sobre el libro de Nabokov. Tampoco faltaron comentarios injuriosos sobre el trabajo de un director ya de por sí controvertido como Lyne, y su calificación reestrictiva para los menores de edad en los Estados Unidos avivó su polémica, a la par que jugó a favor de su campaña publicitaria.
Dejando aparte este debate, estos juicios de valor apriorísticos tan habituales entre las tribunas eclesiásticas más ortodoxas, Lolita (1996) se presenta más fiel a la novela que la versión de Kubrick-Harris, quienes obviaron los primeros capítulos en alusión al encuentro de un Humbert adolescente con una chica que moriría a los pocos meses de conocerla. Aquel episodio marcaría a Humbert (Jeremy Irons, en un registro alejado, por cuestiones obvias, al de Mason), quien buscaría en Lolita (la debutante Dominique Swainn) aquella proyección/ensoñación del pasado.
Lyne, como no podría ser de otra manera dados sus antecedentes cinematográficos (9 semanas y media, Atraccíón fatal), va más allá de la pura sutileza de Kubrick -condicionado por la censura- y explicita, aunque variando la posición del plano para evitar ser calificada «X», una relación sexual entre Lolita y Humbert en un motel de carretera.
La versión de Lyne, lejos de ser desdeñable, sirve con bastante fidelidad a la novela original de Nabokov, pero la diferencia de calidad entre éste y Kubrick se pone de manifiesto en una secuencia que marca un punto de inflexión en el relato: la muerte de Dolores Haze (Shelley Winters/Melanie Griffith). Lo que hay de sugerente en la versión de Kubrick (nunca vemos el cuerpo descompuesto de la madre de Lo) se convierte en explícito a manos de Lyne.
A modo de conclusión, diríamos que el film del tándem Stanley Kubrik-James B. Harris -la última asociación entre ambos- ha trascendido a la categoría de clásico de los años sesenta, mientras que la versión más contemporánea que parte de la obra de Nabokov presenta más aciertos de los que se quisieron (no) ver en su estreno.
La revisión de ambos films, pues, puede servir de un buen complemento para acercarse a esta edición de Anagrama. Para el que para esto suscribe, se trata una de las novelas mejor escritas a la que haya tenido acceso y que representa todo un deleite para los seguidores de ese gigante de la literatura llamado Nabokov y, en general, para los buenos amantes de la lectura.































