Críticas de Libros

'La noche del cazador', obra maestra de la literatura

Grubb presenta una de las mejores novelas de terror psicológico de la posguerra

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'La noche del cazador', obra maestra de la literatura

Autor: Susanna Farré

«Es un caso lo bastante triste como para tentar al cine», dice la vieja Icey a su marido mirando a la joven viuda Willa alejarse lentamente calle abajo., curiosa frase que puede leerse en 'La Noche del cazador', de Davis Grubb, una de las novelas de terror psicológico más logradas de la literatura norteamericana de posguerra.

Lástima que sea también una de las menos conocidas por el público, hecho -he aquí la paradoja- que no se debe, como pueda pensarse, al eclipsamiento de un film que, con los años, ha llegado a obtener la categoría de clásico, sino más bien al desconocimiento casi absoluto de un autor que no llegó nunca a ser valorado en su justa medida, o al menos como que merece esta novela, la única de Grubb traducida por el momento a nuestro idioma -a excepción de algunos relatos cortos-.

'La Noche del cazador', ya editada anteriormente por Anagrama en su serie Panorama de narrativas y ahora lanzada en la excelente colección de Compactos Anagrama permite leerse de una sola vez, y no tanto por su contenido, que aunque sea ágil por la gran profusión de diálogos que incluye, posee la extensión corriente en una novela convencional, sino más bien por el elevado grado de tensión emocional y suspense al que Grubb somete al lector a lo largo de todo el relato.

Pocas son las ocasiones que este tiene para relajarse y tomar aire en una historia que basa la mayor parte de su argumento en una persecución. Como si de una horrible pesadilla se tratase, el lector se identifica con el protagonista, en este caso un niño de nueve años llamado John, y consigue vivir en propia carne el terror que este siente por la diabólica figura del predicador, un cazador que, al igual que los ogros en los cuentos infantiles -la analogía con la narrativa de terror infantil es recordada a lo largo de todo el libro, siendo por ejemplo explícita en la atribución que, en un momento del relato, el niño le da a la personalidad del diabólico predicador, identificándolo con el malvado Barbazul cuya historia probablemente aún le aterrorice en sus largas noches de insomnio-, adopta unas características sobrenaturales, rasgos que se destilan de una espantosa naturaleza, salvaje y ancestral, similar en su comportamiento a la de un poderoso depredador animal que acecha sin descanso a su presa.

Así, la figura del predicador va mutando a lo largo de la historia, desde su entidad inicial como un peligroso loco asesino de viudas, hasta la de una bestia que se desliza sin ruido por una oscuridad cuyo pesado manto protege sus movimientos.

La luna, siempre presente a lo largo de esta eterna cacería, actúa caprichosamente como cómplice o traidora enemiga en la escapada de los niños, desvelando juguetonamente su presencia a la vista del malévolo jinete, o permitiendo como cómplice su escapada a través de los campos.

La oscuridad y el sueño, vencedor implacable e ineludible de la mente humana, consiguen hacer vulnerable a la presa ante su insomne perseguidor y constituyen el territorio del horror, un espacio en el que el cazador se mueve a sus anchas sin ser visto ni oído por su asustada víctima.

Esta naturaleza animal, cuyo espíritu ancestral y salvaje se remonta al principio de los tiempos, está presente a lo largo de todo el libro, no sólo en la espantosa bestialidad del predicador, cuya presencia asusta y altera a los perros que oyen sus sigilosos pasos y cuyos propios aullidos de dolor recuerdan a los de un coyote escarmentado por los golpes de un granjero que lo ha descubierto acechando a sus gallinas, sino también en la poderosa presencia que la Naturaleza impone durante todo el relato.

La madre Naturaleza, ese árbol representado en la figura de la matriarcal Rachel Cooper, una anciana que recoge y protege a los chiquillos abandonados a su suerte por las yermas tierras sureñas -los pájaros que descansan en sus ramas-, o ese río que desliza por sus aguas la balsa de los niños, ayudándoles a huir de la garra izquierda del ogro que les persigue, sirviendo a su vez, secretamente, de tétrico lecho de descanso a la última de las viudas que pagaron las consecuencias de la terrorífica voz del Dios/Diablo que escucha el obediente verdugo predicador.

El libro de Grubb, ambientado durante los difíciles años de la depresión norteamericana, cuando el hambre y la desesperación azotaban las vidas de los campesinos y pobladores de los aislados pueblos del sur, consigue transmitir constantemente esa sensación de desespero en el ambiente, de angustia vital de unas gentes cuyo único consuelo consiste en aferrarse a una religión que lacera con despiadado látigo sus pecaminosas mentes, demasiado tentadas por el crimen y la desesperada búsqueda de alivio a sus miserias, para vivir por sí solas en paz con sus propias almas.

El predicador simboliza esta lucha constante del ser humano contra su propia naturaleza; tatuadas en sus manos las palabras que resumen las dos condiciones más elementales del ser humano, el amor y el odio, el demoníaco personaje escenifica a menudo con sus puños la lucha que en el espíritu del hombre se establece entre la moral y el pecado, entre la sumisión a la felicidad que procura el bien y el abandono a la tentadora e implacable sed de mal que la miseria puede provocar en los corazones de la gente.

Como contrapunto, la inocencia de dos niños, una inocencia violada por la obligada madurez que John, el mayor, debe adoptar para salvar su vida y la de su hermana, pero que vuelve a aflorar constantemente en su miedo nocturno a las amenazadoras sombras del recuadro de luz que proyecta su ventana, o en la cándida confianza que desprenden sus pensamientos cuando se repite inocentemente que quizás todo sea una pesadilla de la que algún día despertará.

Es una pena que una novela tan magnífica como la presente haya tenido que esperar tanto tiempo a ser traducida a nuestra lengua y publicada en nuestro país (por suerte, yadesde el año 2000). Quizás, como ya ocurriera con la extraordinaria versión cinematográfica que el excelso actor Sir Charles Laughton dirigiera en 1955, 'La Noche del cazador', cuyo guión, revisado por el propio Grubb, fue adaptado por el magnífico escritor James Agee, se tratase de una historia demasiado oscura para atraer la atención de un público que a menudo busca cobijo en los relatos de evasión y no en aquellas otras historias que les puedan recordar los momentos más amargos de sus vidas.

La película de Laughton, primera y única en su efímera carrera como director -debido seguramente al mal recibimiento que tuvo en su estreno- se convirtió al poco tiempo en un film de culto, e incluso con los años ha ido erigiéndose, muy merecidamente, como una de las mejores cintas de una década, los cincuenta, que estaba regalando al cine no pocas obras maestras.

Sin embargo, estos años no eran los más propicios, con sus grandes superproducciones, formatos espectaculares y cine de evasión y entretenimiento, a la irrupción de esta pequeña historia de terror y muerte.

Excelente obra en todos los sentidos, el film destaca entre otras cosas por disponer de un plantel de actores impecable, de entre los cuales resaltan la siempre espléndida Shelley Winters, la ya anciana, aunque soberbia Lilian Gish en su papel de Rachel Cooper y un Robert Mitchum espeluznante como predicador, una de las encarnaciones de «malvado asesino» más aterradoras de la historia del cine y, de seguro, uno de los papeles más brillantes de su carrera interpretativa.

El tiempo siempre acaba por ser el mejor juez, y así el film de Laughton, al igual que la novela de Grubb, han conseguido perdurar en la historia como lo que son y justamente merecen, dos grandes obras maestras de la literatura y del cine del siglo XX..

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