Críticas de Libros


'La naranja mecánica', el clásico de Burgess

Sencillez narrativa enmascarada




Autor: Christian Aguilera
Políglota, erudito y polifacético artista, el británico Anthony Burgess (1917-1993) debe su fama mundial a la escritura de un libro, La naranja mecánica (1962), a pesar de haber publicado numerosos textos, ensayos y artículos, amén de encomendarse a una labor en paralelo como traductor de grandes nombres de las letras (Ernest Hemingway, James Joyce, D. H. Lawrence, etc..
Glosar en unas líneas la azarosa vida de Burgess resulta un ejercicio prácticamente imposible, pero de la misma se desprende una personalidad inquieta que, debido a su perenne actividad viajera, dieron pie a anécdotas que revirtieron en el punto de partida de alguna de sus obras. Entre éstas destaca la que aconteció al finalizar la Segunda Guerra Mundial: a su regreso a Gran Bretaña tras haber participado en labores logísticas al servicio del ejército británico en el peñón de Gibraltar, su esposa Lynne Isherwood fue asaltada y ultrajada por un grupo de jóvenes.
Aquella trágica situación sería el detonante, junto a un viaje que Burgess realizó a la Unión Soviética, para la plasmación de una novela de anticipación cuya sociedad descrita -en el marco de una Inglaterra futurista, pero sin fijar una fecha concreta- tenía como pilar la expansión de la ultraviolencia entre sus capas más jóvenes.
En la introducción que acompaña esta reedición de la novela 'La naranja mecánica', el propio Anthony Burgess, bajo el genérico 'La naranja mecánica exprimida de nuevo', se encarga de aclarar, para aquellos no avisados o familiarizados con los pormenores de la adaptación que hizo de la misma Stanley Kubrick, de las dos versiones existentes en torno a su obra más popular.
Concebida inicialmente con veintiún capítulos, falto de recursos económicos, el escritor natural de Manchester aceptó la oferta de un editor neoyorquino para publicar 'La naranja mecánica' pero sin incluir el último de los capítulos, referido a la redención del personaje de Alex cara a la sociedad. A efectos de las otras editoriales, situadas en el viejo continente,que adquirieron los derechos de explotación del texto de Burgess, se publicaría su integridad.
Así pues, conocemos, por una parte, la edición «europea» con sus veintiún capítulos, y la americana, con veinte capítulos, que serviría de referencia a Kubrick para hacer su particular adaptación a la gran pantalla. Resulta evidente que el peso del catolicismo imbuido durante su etapa de formación decantaría en Burgess la balanza para que reservara la parte final del manuscrito en aras a redimir la personalidad de un individuo que despierta aversión desde las primeras páginas por su conducta harto reprobable.
Muchos de los que se acercan por primera vez a la novela de Burgess a partir de la curiosidad que les ha despertado la visión del film homónimo de Stanley Kubrick, se pueden sorprender de la dureza de algunos pasajes, que superan con creces lo que finalmente acabaría rodando el cineasta de ascendencia judía.
Burgess describe en los primeros capítulos a una banda de jóvenes ávidos de nuevas experiencias que literalmente atropellan a todo aquel o aquello que se pone bajo la luz de los faros de su automóvil, pasando de la conducción temeraria que se puede advertir en el film de Kubrick a una conducción netamente homicida.
Esta decantación por la violencia es aún si cabe más reprobable en individuos en plena adolescencia que, en ningún caso, sobrepasan los dieciséis años de edad. Kubrick, sabedor de la controversia que podría generar el film, apunta a jóvenes algo mayores de edad, sobre todo al ofrecer el papel a Malcolm McDowell, quien por aquel entonces se situaba cerca de la treintena.
A pesar de los intentos que se hicieron para llevar al terreno cinematográfico la novela de Burgess poco después de su publicación, con resultados funestos a corto plazo -caso de Vinyil (1965) del inefable Andy Warhol- todo parecía nadar a favor de una hipotética adaptación a cargo de Stanley Kubrick. Solventados los asuntos relativos a los derechos cinematográficos, que pasaron por distintas manos, Kubrick, una vez culminado uno de sus grandes proyectos, 2001: una odisea del espacio (1968), vio reflejada en La naranja mecánica cada una de las premisas que, según su punto de vista, la hacían apta para ser llevada a la gran pantalla.
En primer lugar, se trata de una novela relativamente corta que abunda sobre la idea matriz del cine de Kubrick, esto es, la sociedad no puede cambiar la naturaleza salvaje del hombre. Atenuada la carga de violencia inherente a la novela, Kubrick decidió respetar el lenguaje nadsat que incluye el texto original -doscientos ocho vocablos que dan un toque de originalidad al manuscrito, en su mayoría de raíz rusa- con el que se relacionan los jóvenes, y para respetar el concepto de estructuras cíclicas de la mayoría de sus films, se decantaría por servirse de la versión editada en los Estados Unidos.
Al margen del que significaría el caballo de batalla dialéctico entre Kubrick y Burgess, posicionándose unos y otros a favor o en contra del director-guionista, cabe apostillar que ambos rivalizarían en el conocimiento de la música clásica. Stanley Kubrick lo haría desde un plano teórico mientras que Burgess, además de su proverbial conocimiento en este sentido,compuso diversas piezas musicales a partir de la revelación que supuso para él, a temprana edad, la audición de una pieza de Claude Debussy.
Su condición de melómano le llevaría a dar un rasgo más humano -quizás el único, según se desprende de la primera y segunda parte del libro- al personaje de Alex -su paleta de autores favoritos recorre desde los desconocidos Geoffrey Platus u Otto Skadely, hasta los Mozart, Ludvig Van Beethoven o Wolfgang Amadeus Mozart, en verdad, mucho más amplia que la que deja entrever La naranja mecánica de Kubrick- para esta novela de una sencillez narrativa enmascarada presumiblemente por la integración de un lenguaje inventado.
Su valor de clásico hoy en día, no escapa a nadie, aunque Stanley Kubrick tuvo mucho que ver en esta catalogación a raíz del estreno de un film marcado por la polémica y prohibido durante varios años en el país que vio nacer a un auténtico bastión de las letras, de una formación intelectual excepcional,llamado Anthony Burgess.
































