Críticas de Bandas sonoras


La reflexión musical de Franz Waxman en 'El crepúsculo de los dioses'

El compositor, al igual que Wilder, experimenta con el cine clásico




Autor: Christian Aguilera
La visión que el director Billy Wilder dio de Hollywood en El crepúsculo de los dioses fue cualquier cosa menos amable y luminosa: su filme mostraba el lado oscuro del glamour en un cuento cruel y cínico, de atmósfera claustrofóbica y casi gótica.
Aunque Franz Waxman fue uno de los creadores del estilo «clásico» en Hollywood, también es cierto que de todos ellos fue siempre el más heterodoxo, el más abierto a la experimentación: un filme como el de Billy Wilder le permitió realizar una especie de reflexión sobre el propio mundo en que trabajaba, sobre su propia música.
La protagonista de la película es Norma Desmond (Gloria Swanson), una estrella del cine mudo olvidada por la llegada del sonoro y que vive encerrada en una mansión rodeada de los viejos recuerdos del antiguo Hollywood: es un verdadero panteón, una muerte en vida, a la que llega el oportunista Joe Gillis (William Holden) para lanzar una mirada crítica y devastadora. El personaje de Norma inspiró a Waxman el modo musical sobre el que basaría casi todo el score: una melodía inspirada en un tango, una clara referencia a los tiempos de Hollywood en que la estrella era Rodolfo Valentino.
Pero Waxman también es irónico y consciente de la realidad: el tango nunca llega a desarrollarse en su forma «pura», porque pertenece a una época pasada, muerta, y Norma es ahora una mujer desequilibrada y egoísta que vive para alimentar su vanidad y su mundo de objetos disecados. El tema es más bien un remanente del pasado que aparece distorsionado, fragmentado o llevado a los límites de lo grotesco por el presente, por la verdadera realidad que rodea a Norma: el implacable mundo de los Joe Gillis.
Los títulos de crédito muestran un implacable traveling a ras del suelo, mostrando los créditos sobre las aceras del mítico Sunset Boulevard, el paraíso de los sueños. Esa visión irreverente del glamour hollywoodiense es perfrectamente acompañada por la música de Waxman, totalmente inusual para la época, pero que marca ya el tono fatalista y negro del filme: tras una ominosa introducción, marcada por sinuosas figuras en las cuerdas y un implacable ostinato en tambores y timbales, escuchamos los primeros atisbos del tema de Norma; pero éste se ve interrumpido por agresivas puntuaciones en la sección de viento y xilófonos, impidiendo su desarrollo, «devorando» con su sonoridad percusiva y metálica la libre exposición del tema: el nuevo Hollywod aplasta sin compasión a la vieja gloria.
Cuando Gillis conoce a Norma ya hay una versión más desarrollada de su tema, pero la orquestación (arpas, oboe, flautas, el sonido velado de las cuerdas) no oculta su condición de irrealidad, de sueño falso y lejano: un saxofón resuena como el eco lejano del glamour de otros tiempos y la escena está envuelta en una mezcla de compasión hacia la muerte en vida de Norma (con un momento en que su tema es ejecutado por un violín solista) y la comprensión del universo ilusorio en que vive.
Es en la patética, escalofriante escena final cuando la locura de Norma llega a su clímax: tras haber asesinado a Gillis, las cámaras de televisión rodean su casa. Ella piensa que han venido para rodar una escena con ella, donde interpreta a Salomé, la música de Waxman se introduce ahora por completo en la visión del mundo que tiene Norma y logra uno de los más memorables momentos del score: tras unas trompetas con sordina, escuchadas en la distancia, de nuevo ecos remotos de una época de triunfo y gloria, el tema de Norma es presentado a toda orquesta, en la fonna de una especie de tango con toques orientalistas, una auténtica y grotesca parodia de la música «exótica» de Hollywood; sin embargo, al mismo tiempo, posee una indudable cualidad trágica que va más allá del mero pastiche, con su orquestación agobiante, pesada, que marca el dramático final de Norma.
Tremolos en las cuerdas y la voz distante del saxofón ilustran el estado mental de Norma y una variación en la cuerda de su tema llevan hasta una agresiva coda en los timbales que sepultan definitivamente la ilusoria gloria de Norma Desmond; pero Waxman aún se permite un último y cruel comentario: una resolución en el más puro estilo del Hollywood «convencional», ése que siguió a la época del cine mudo y estandarizó una sede de clichés.



















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