Críticas de Bandas sonoras

'Eduardo Manostijeras', una partitura emotiva hasta el límite

Danny Elfman roza la perfección en el clásico film de Tim Burton

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'Eduardo Manostijeras', una partitura emotiva hasta el límite

Autor: Roberto Cueto

En 1988 Bitelchús supuso una extravagante sorpresa para los aficionados al cine: una más bien indescriptible comedia fantástica entre El fantasma de Canterville, los cartoons de Tex Avery y la broma macabra que supuso el descubrimiento de uno de los directores más originales e inventivos de la llamada «posmodernidad».

Formando equipo con él estaba Danny Elfman, antiguo líder del grupo de rock Oingo Boingo y que ya había colabora­do con Tim Burton en Pee Wee's Big Adventure (1985). Pero Bitelchús supuso la formación de un estilo muy determinado que marcará la consiguiente carrera del director y el músico: el pastiche, la acumulación de ingredientes aparen­temente incompatibles, la fascinación por la «subcultura», el humor negro, una comicidad disparatada y cercana a un sentido del absurdo son rasgos que se dan en las colaboraciones entre ambos artistas: desde la sombría Batman (1989) o la barroca Batman vuelve (1992) hasta el espléndido musical (posi­blemente el mejor de las dos últimas décadas) Pesadilla antes de Navidad (1993), puede decirse que Elfman creó una verdadera «escuela», un camino totalmente nuevo en el sonido ya un tanto repetitivo del estilo sinfónico a lo Wi­lliams, Goldsmith o Horner. Tanto es así, que su estilo -forjado hace apenas seis años- ya ha sido imitado infinidad de veces y se ha convertido en una especie de diché para cierto tipo de historias fantásticas, macabras o heroicas.

Eduardo Manostijeras es, junto con la ya citada Pesadilla antes de Navidad, la mejor obra de Elfman para Burton y sigue estando entre sus trabajos más redondos y completos. Elfman, al igual Burton, parece haber asimilado durante su adolescencia todo tipo de mfluencias, que fueron madurando en un estilo musical que tiene a Herrmann y Rota como principales puntos de referen­cia pero que posee una indudable personalidad, cierta fascinación ingenua e infantil que se adapta a la perfeccion a las fantasías de Burton.

En ese sentido, Eduardo Manostijeras suponía un reto nada fácil: una especie de moderno cuento de hadas, ambientado en una extraña evocación simbólica del american way of life y con ribetes tristes y crueles, quenecesitaba un tratamiento musical que pudiera dar «credibilidad» a lo narrado.

En efecto, si no se consigue desde el primer momento la implicación del espectador en ese mundo de extravagantes decorados y conductas donde todo es posible, el filme resulta un fracaso, será totalmente incomprendido.

Es la música quien debe realizar esa función de «adentrar» al espectador en otro mundo alternativo: coros femeninos y una exuberante or­questación con arpas y xilófonos confieren ese buscado tono de irrealidad, de cuento de hadas: el filme es iniciado por una na­rración, a la manera de los cuentos para niños, de Kim (Winona Ryder), la mujer que amó al extraño ser con tijeras en lugar de manos, Eduardo (Johnny Depp).

El filme oscila constantemente entre lo cotidiano (es una ven­dedora de Avon -Dianne Wiest- quien se adentra en el gótico castillo de Eduardo) y lo irreal, pero esto jamás se cuestiona: se asume como tal. Por ello, la música tiene también que aportar otra dimensión más cercana a un mundo compartido en cierta forma por el espectador y que choca con la figura de Eduardo.

La música de Elfman es lo suficiente madura y segura de sí misma como para dejarse llevar por pasajes irónicos y humorísticos, con resoñancias al brillante Niño Rota de Fellini, opor momentos de exacerbado y desinhibido sentimentalismo: la escena en que Eduardo ejerce de peluquero es buena prueba de lo primero; la secuencia en que esculpe una figura de nieve para Kim, de lo segundo.

Hay también todo tipo de experimentaciones con la orquestación y cierto tono de aparatosidad, un poco al estilo Herrmann, como en el clímax en el castillo. Pese a su evidente (y asumida) cualidad sincrética, sigue siendo uno de los trabajos más emotivos (y hablamos de emotividad sin contención alguna, sino al contrario, potenciada hasta el límite) y brillantes del último cine americano.

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